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Diálogos conspiratorios para entender el 11-S y el 1-M

Portada del diario español ABC sobre la muerte de Osama Bin Laden

El árabe se reclino en su asiento y apoyo las manos en los brazos de la silla, con lo cual se dirigió fríamente al agente estadounidense Tom Hemingway. (*)

– Atacar a una superpotencia no se debe hacer a la ligera.
– Las superpotencias están formadas por personas.
El árabe negó con la cabeza.

– Somos muy diferentes; se trata de diferencias que tu país se niega a ver.
– Cuanto más diferentes, tal vez más parecidos.
– Perdona que te lo digas, pero eso son gilipolleces budistas. –Bebió un trago de agua-. Estados Unidos gasta más en armas que todos los países del mundo juntos. Ningún país lo hace para protegerse, sino para atacar. Basta que tu presidente apriete un botón para que el mundo árabe desaparezca en una nube con forma de hongo.
– No tenemos motivo para hacer eso. Se ha progresado mucho en Oriente Medio. Las democracias sustituyen a las dictaduras.
– Sí, se sustituyen en dictaduras que tu país fomentó y apoyó. Sin embargo, en la mayoría de los casos, las nuevas democracias odian mucho más a Estados Unidos que a los dictadores derrocados. A tu país le sorprendió que Gran Bretaña ocupara la región de Mesopotamia y creara artificialmente un país llamado Irak, y que la población la formasen chiíes, suníes, kurdos y docenas de etnias que se sabe no se llevan bien entre sí. ¿Creíais que llegaríais a Irak, salvaríais a los iraquíes y habría una conveniencia pacífica? –Sostuvo un dedo en alto-. No se puede democratizar un país a base de bombas. Hay que hacerlo desde la raíz, no desde la copa. Los musulmanes que van al colegio electoral a votar pasan junto a cráteres de las bombas que acabaron con sus familias. ¿Crees que la posibilidad de tener una democracia a la americana les hará olvidar quién mató a sus esposos, mujeres e hijos?
– Mi país tiene que reconocer que existen muchas maneras de ser libre. Me temo que todavía creemos que el único modo de arreglar las cosas es el nuestro.
El árabe bebió más agua.

. Es una buena opinión, Tom, pero creo que tus líderes no la comparten. Dios todopoderoso podría derrotar a vuestro ejército con un leve movimiento de la mano, pero nosotros, pobres árabes mortales, no podemos venceros con todo el dinero y armas que tenéis. Y detrás del ejército estadounidense vemos empresas y oleoductos estadounidenses. Decís que vuestro objetivo es el mundo libre. Bueno, en África hay más dictadores que en Oriente Medio y el genocidio es mucho peor, pero no veo tanques americanos abriéndose paso por las tierras africanas. Pero, claro, en Oriente Medio hay petróleo. No creas que nosotros, pobres salvajes del desierto, no somos conscientes de que los objetivos de Estados Unidos no son precisamente altruistas, Tom. Ten al menos esa gentileza.
– La libertas es buena, amigo mío, y Estados Unidos es el país más libre del mundo.
– ¿De veras? ¿Un país que tuvo esclavos durante doscientos cincuenta años y mantuvo al hombre negro esclavizado durante otro siglo? También he visto vuestro estilo de libertad en persona. Hace más de cincuenta años Irán tenía un primer ministro elegido democráticamente. Su pecado fue nacionalizar la industria petrolífera. Acto seguido, la CIA ayudó a derrocar al gobierno y restituir al títere del sha. Su patética fascinación por el estilo de vida occidental condujo a la revolución iraní, y toda esperanza de una democracia real se esfumó. Estados Unidos ha hecho lo mismo en todo el mundo, desde Chile hasta Pakistán. La política del mundo occidental ha provocado la matanza de millones de personas en el planeta. –Hizo una pausa y observó a Hemingway-. ¿Y si el nuevo gobierno iraquí no es del agrado de Estados Unidos?
– De todos modos, sé que crees en la libertad –dijo Hemingway en voz baja-. De joven os escuché a mi padre y a ti hablar de esas cosas.
– Es cierto que me he pasado la vida luchando por ciertas libertades que encajan con la palabra Dios. Me parece beneficioso que las personas tengan voz y voto en sus vidas. No me parece correcto cómo tratan a las mujeres musulmanas en algunos países árabes, y me da rabia ver palacios suntuosos junto a chabolas de adobe. El mundo musulmán tiene muchos problemas y tenemos que ocuparnos de ellos. Pero ¿de verdad se trata de libertad cuando otra persona te dice lo que debes buscar? ¿Y por qué no funciona en ambos sentidos, Tom? Estados Unidos representa menos del cinco por ciento de la población mundial, y sin embargo consume una cuarta parte de la energía. Los países pobres no reciben la energía que necesitan y los habitantes sufren y mueren porque Estados Unidos acapara demasiado. ¿Deberían entonces esos países invadir Estados Unidos, el gran dictador energético, y obligarle a emplear menos petróleo y gas? ¿Le gustaría eso a Estados Unidos?
-Si piensas así, ¿por qué me ayudas entonces?
El hombre se encogió en hombros.

– Es muy sencillo. Por cada estadounidense asesinado, mueren cientos de árabes. Los terroristas suicidas árabes matan de paso a miles de árabes. Con cada bomba que hacemos estallar, nos debilitamos y le seguimos el juego a los Estados Unidos. La prensa occidental está obsesionada con los terroristas suicidas que creen que irán al paraíso, pero Dios dice que salvar vidas también es bueno. Salvar una vida es lo mismo que salvar muchas. ¿Tenemos que asesinarnos los unos a los otros para ir al paraíso? ¿Por qué no pueden los musulmanes disfrutar de una vida pacífica en la Tierra, creer en Dios, servirle e ir al paraíso de ese modo? En el mundo occidental los jóvenes crecen en paz. ¿Acaso nuestros hijos no se merecen ese derecho?
– Por supuesto que sí-convino Hemingway.
– Sabes de sobra que tu país pide lo imposible. Antes de la crisis energética de 1973, a Estados Unidos no le interesaba Oriente Medio, salvo por el enfrentamiento entre árabes e israelíes. Después del 11-S atacasteis a los talibanes. No tengo nada contra eso, habría hecho lo mismo en vuestro lugar. Sin embargo, el objetivo que os habéis propuesto ahora, convertir Oriente Medio en una democracia de la noche a la mañana, es una auténtica locura. Nos pedís que hagamos en años lo que habéis tardado siglos en conseguir. –Hizo una pausa-. Y no es una mera cuestión del islam contra Occidente. Durante miles de años los países árabes desarrollaron costumbres y culturas inextricablemente vinculadas a un clima desértico con escasos recursos, rigiéndose casi siempre por leyes tribales y obedeciendo a caciques. Durante mucho tiempo todo eso no pareció importarle a los Estados Unidos. Ahora sí le importa, por supuesto, y por tanto, según vosotros, debemos cambiar. De inmediato. Ya han muerto cien mil iraquíes y el país está sumido en el caos. No puedo aplaudir esa clase de progreso, Tom, de veras que no.
– Hago lo que puedo. Si no sale bien, ¿qué habremos perdido?
– Muchas vidas, eso habremos perdido, Tom –replicó el árabe con sequedad.
– ¿Y no es eso lo que está ocurriendo ahora mismo?
– Tienes respuesta para todo, como tu padre. Le mataron en Pekín, ¿no?
Hemingway asintió.
– Aunque seguro que no fueron los chinos. Son despiadados pero no estúpidos.
El americano se encogió de hombros.

– Tengo mis sospechas. Oficialmente, nunca se resolvió.
– Lo de los chinos es interesante, Tom. Un día serán la mayor economía del mundo, en lugar de los Estados Unidos. Tienen un ejército diez veces mayor que el vuestro, y cada día que pasa es más poderoso y está mejor preparado tecnológicamente. Cuentan con los medios necesarios para atacar a los Estados Unidos con armas nucleares. Matan y esclavizan a millones de los suyos y, sin embargo, los llamáis amigos. Mientras, Estados Unidos aplasta el mundo árabe con el pretexto de liberarnos. ¿Sabes qué decimos los árabes? Id y “liberad” a vuestros amigos los chinos, pero no lo hacéis. ¿Por qué? Porque los chinos no se defenderían con armas cortas, piedras y coches bomba como los musulmanes. Así que los dejáis tranquilos y los llamáis amigos.
-De hecho mi padre no los consideraba precisamente amigos.
– Un hombre sabio. Ahora está en un mundo mejor.
– Soy ateo, así que no estoy seguro de a dónde se ha ido.

(*) Diálogo extraído del libro Camel Club, de David Baldacci.

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