LaRepublica.pe no se responsabiliza por los contenidos publicados

Grupo La República

Archive for the ‘Sin categoría’


Spotlight 0

Enviado el Febrero 08, 2016 por asuntosinternos

 

El primer reportaje publicado en la edición dominical del diario The Boston Globe, 2002.

El primer reportaje publicado en la edición dominical del diario The Boston Globe, 2002.

 

A veces a los periodistas se nos presenta el gran destape como un elefante frente a los ojos y no nos damos cuenta.

Le sucedió al jefe de equipo de investigación del periódico The Boston Globe, Walter Robinson. El 29 de julio de 2001, bajo el título de “Tirándose la pelota”, la columnista Eileen McNamara cuestionaba que una serie de denuncias de violación sexual de niños presentadas contra el sacerdote John Geoghan, no avanzaban en los tribunales porque el cardenal John Law había logrado judicialmente que nadie tuviera acceso a los documentos de la Iglesia que eran fundamentales para sustentar las acusaciones. Al día siguiente, el 30 de julio, cuando el nuevo editor general, Martin Baron, le preguntó a Robinson si seguía el caso al que se refería McNamara, contestó con arrogancia que Spotlight -que era como se llamaba el colectivo de reporteros de investigación-, no trabajaba temas que se publicaban en columnas de opinión.

 

El editor general de The Boston Globe, Martin Baron.

El editor general de The Boston Globe, Martin Baron.

 

Al notar el desprecio de Robinson por el asunto, Baron le ordenó dos cosas: primero, averiguar quiénes eran los acusadores y los acusados, y, segundo, que posibilidad existía de romper el secretismo que resguardaba los archivos de la Iglesia de Boston sobre los clérigos abusadores de niños. Casi medio año después, el seis de enero de 2002, apareció el primero de 20 reportajes de investigación de Spotlight que dejaron en evidencia la complicidad de la jerarquía eclesiástica para ocultar a los curas violadores, que se aprovechaban de su condición religiosa para acercarse a sus víctimas y someterlas al silencio.

Durante las indagaciones varias fuentes de los reporteros afirmaron que hacía poco tiempo que habían entregado a The Boston Globe testimonios y documentos y el diario no publicó nada. Robinson reconocería que cuando estaba en otra sección del periódico recibió información sobre el caso, pero que no le dio mucha importancia. Por eso, resultó una verdadera ironía que Robinson, a quien se le había presentado el destape como un elefante frente a los ojos y no se había dado cuenta, recogiera el premio Pulitzer que obtuvo el equipo que dirigía por la extraordinaria cobertura que remeció a los católicos del mundo.

 

El jefe del equipo de investigación, Walter Robinson.

El jefe del equipo de investigación, Spotlight, Walter Robinson.

 

La película de Tom McCarthy, que lleva como título el nombre del equipo de investigación, Spotlight, es la historia de lo que ocurre entre la primera reunión entre Baron y Robinson y la aparición del primer reportaje. Culmina cuando aparece la primera plana de The Boston Globe, que dice: “Por años la Iglesia consintió las violaciones de los sacerdotes”. Retrata la obsesión de los reporteros por romper la prohibición al acceso a los documentos eclesiásticos, la búsqueda intensa de las víctimas de los curas depredadores sexuales, la excavación en los archivos para detectar los patrones de encubrimiento de la jerarquía eclesiástica y la persistencia por conseguir una declaración oficial del cardenal Bernard Law sobre su papel en los episodios criminales.

El gran desafío de los periodistas que firmaron el primer reportaje publicado -Matt Carroll, Sacha Pfeiffer, Michael Rezendes y Walter Robinson-, fue documentar los hechos para evitar los desmentidos de la poderosa Iglesia de Boston que amenazó con la cárcel a los reporteros si publicaban cualquier palabra tomada de los expedientes judiciales considerados secretos. Como un crimen es de interés público, más aún si las víctimas son niños, los editores decidieron continuar. Carroll se encargó de organizar un banco de datos que identificaba a los curas abusadores; Pfeiffer se ocupó de recoger los testimonios de las víctimas y de testigos; Rezendes se dedicó a obtener los documentos embargados; y Robinson tuvo la misión de organizar todo el material informativo y construir las historias.

Si bien la película atrapa durante todo el tiempo, sin embargo deja al final una viva curiosidad por saber qué es lo que se publicó en el primer reportaje del seis de enero de 2002. O, mejor dicho, cómo era el elefante que se paseó ante los ojos de Robinson sin que este se diera cuenta. A continuación publicamos una versión de la primera entrega.

 

 

Boston

Por años la Iglesia consintió las violaciones de los sacerdotes 

No obstante los antecedentes, la Arquidiócesis de Boston  los transfirió de una parroquia a otra.

El sacerdote George Geoghan, a quien la jerarquía de la Iglesia lo protegió a pesar de las denuncias de abuso sexual.

El sacerdote George Geoghan, a quien la jerarquía de la Iglesia lo protegió a pesar de las denuncias de abuso sexual.

 

Por Matt Carroll, Sacha Pfeiffer, and Michael Rezendes; y el editor Walter V. Robinson.

Desde mediados de los años 90, más de 130 personas presentaron espantosos testimonios relacionado a las épocas de su infancia en las que el ex sacerdote John J. Geoghan supuestamente las acariciaba o abusaba sexualmente durante  las tres décadas en la que recorrió una media docena de parroquias de Boston donde cumplió servicio religioso.

Casi siempre las víctimas de Geoghan eran niños de escuelas primarias. Uno tenía cuatro años de edad.

En julio de 2002, se reveló que el cardenal de Boston, Bernard F. Law, sabía de los problemas de Geoghan desde 1984, el año en que inició su mandato como autoridad eclesiástica, y que aprobó la transferencia del sacerdote a la parroquia de Santa Julia, en Weston. El abogado de Law, Wilson D. Rogers Jr., defendió la decisión del cardenal bajo el argumento de que la Arquidiócesis se basó en razones médicas para transferir a Geoghan “de manera apropiada y segura”

Pero uno de los obispos del cardenal Law consideró que la reasignación de Geoghan a la parroquia Santa Julia en 1984, era un riesgo y se lo hizo saber mediante una carta de protesta. Y existía una buena razón, como lo ha conseguido descubrir el equipo de investigación Spotlight del The Boston Globe (The Globe, en adelante): la arquidiócesis contaba con suficiente evidencia  sobre los hábitos sexuales depredadores de Geoghan. Por ejemplo, una declaración que el sacerdote hizo en 1980, respecto al repetido abuso sexual de siete niños pertenecientes a una familia extensa, lo que no consideró un “serio problema”, según los archivos de la Arquidiócesis.

 

El obispo de Boston, Bernard Law, encubrió a los depredadores sexuales.

El obispo de Boston, Bernard Law, encubrió a los depredadores sexuales.

 

La transferencia a la parroquia de Santa Julia resultó desastrosa. Primero, a Geoghan le encargaron tres grupos de jóvenes, incluidos los monaguillos. En 1989, fue forzado a retirarse por supuesta enfermedad luego de nuevas acusaciones de abuso sexual y fue enviado a dos instituciones de tratamiento de sacerdotes que cometen asaltos sexuales.

No obstante estos hechos, la arquidiócesis retornó a Geoghan a la parroquia de Santa Julia, donde el sacerdote abusó de más niños durante tres años.

Ahora que Geoghan enfrentará el primero de dos procesos criminales, y los detalles de su compulsión sexual serán ampliamente expuestos, estos podrían eclipsar una pregunta que perturba a los católicos: ¿Por qué tres cardenales y varios obispos tardaron 34 años en poner a los niños fuera del alcance de Geoghan?

Donna Morrissey, vocera del cardenal, manifestó que ni él ni ninguna otra autoridad de la Iglesia responderían a las preguntas sobre Geoghan. Morrissey precisó que la Iglesia no tenía ningún interés en saber cuáles eran las preguntas de The Globe.

Antes que Geoghan llegara a Weston en 1984, había recibido tratamiento varias veces y fue hospitalizado al menos en una ocasión por abusar sexualmente de los niños. Además, había sido destituido de dos parroquias por perpetrar los mismos delitos.  En 1980, por ejemplo, fue expectorado de la parroquia de San Andrés, en Jamaica Plain, luego de haber aceptado libremente que violó a siete niños.

En 1981, luego de completar una licencia de un año por enfermedad, Geoghan fue asignado a la parroquia de Brendan, Dorchester, con pocas posibilidades de que fuera fiscalizado en dicho lugar: su superior durante la mayor parte de los tres años en los que estuvo en esa parroquia, el reverendo James H. Lane, confesó a sus amigos que nunca le advirtieron de queGeoghan tenía antecedentes de abuso sexual.

En 1984, acusaciones contra Geoghan de haber abusado de niños en la parroquia de Dorchester obligó al cardenal Law a retirarlo del lugar. Dos meses después, el propio Law lo reubicó en la parroquia de Santa Julia.

El cardenal Law consintió que Geoghan residiera en Weston durante más de ocho años antes de retirarlo del servicio parroquial, en 1993. Sin embargo, incluso la medida de transferir a Geoghan como funcionario en un hospicio para sacerdotes retirados, no le impidió buscar y abusar sexualmente de los niños, de acuerdo con las múltiples demandas civiles y penales contra el sacerdote Geoghan, de 66 años.

Hasta que en 1998, finalmente, la Iglesia apartó a Geoghan del sacerdocio.

Cada vez que lo acusaban de violaciones sexuales, los superiores trasladaban al cura John Geoghan a otra parroquia, donde repitió los delitos.

Cada vez que lo acusaban de violaciones sexuales, los superiores trasladaban al cura John Geoghan a otra parroquia, donde repetía los delitos.

 

El abogado defensor de Geoghan, Geoffrey Packard, afirmó que su cliente no haría ningún comentario respecto a cualquiera de las acusaciones en su contra. El primer juicio a Geoghan por asalto sexual está previsto para el 14 de enero de 2003 ante la Corte Superior de Middlesex. Un conjunto de imputaciones más graves será ventilado en la Corte Superior de Suffolk, a fines de febrero. Ante las demandas civiles Geoghan no ha acreditado abogado y no ha respondido a las acusaciones.

El argumento legal de la Iglesia, c0mo dio a entender Rogers en julio último, es que los médicos consideraron que Geoghan se había rehabilitado. Copias de los archivos de la Iglesia conseguidos por The Globe señalan que Geoghan fue asignado a la parroquia de Santa Julia luego de haber sido dado de alta, pero él ya tenía un mes en el lugar.

En 1984, todavía había médicos que creían que los abusadores sexuales de niños podían ser curados. Sin embargo, desde hacía tiempo otros especialistas advirtieron a los obispos católicos sobre el alto riesgo que representaban los sacerdotes que habían abusado de los menores porque podían repetir sus ataques en otras víctimas.

Es más, los expertos en abuso sexual de niños, y los abogados que han representado a las víctimas, manifestaron que en 1984 debió ser evidente para la Arquidiócesis que alguien con los antecedentes de Geoghan como reincidente violador sexual, no debió haber sido reasignado a una parroquia.

“En lo que respecta a Geoghan, la Iglesia desafió sus más básicos valores de protección a los menores y de fomentar el celibato”, afirmó el ex sacerdote A. W. Richard Sipe. Psicoterapeuta y experto en abusos sexuales cometidos por miembros del clero, Sipe declaró que durante mucho tiempo se ha creído que la Iglesia Católica ha sido muy lenta para enfrentar a los sacerdotes que abusan de los niños.

El Spotlight Team, el equipo de investigación de The Globe, encontró evidencia de que un miembro del entorno del cardenal Law estuvo preocupado por los alcances del escándalo protagonizado por Geoghan en la parroquia de Santa Julia, en Weston, donde comenzó a trabajar el 13 de noviembre de 1984. Poco después, el siete de diciembre, el obispo John M. D’Arcy escribió al cardenal Law para criticar la decisión de la autoridad eclesiástica de darle otro empleo a Geoghan, no obstante “la historia de sus relaciones homosexuales con jovencitos”.

 

El obispo John D'Arcy protestó ante el cardenal Law porque trasladó de una parroquia a otra al sacerdote pedófilo Geoghan.

El obispo John D’Arcy protestó ante el cardenal Law porque trasladó de una parroquia a otra al sacerdote pedófilo Geoghan.

 

Algunas semanas después, dos médicos dieron de alta a Geoghan para que cumpliera con su misión pastoral, de acuerdo con la cronología que entregó la Arquidiócesis a las autoridades judiciales. Se puede leer: “11 de diciembre de 1984: Dr. (Robert) Mullins: Padre Geoghan ‘plenamente recuperado’. 14 de diciembre de 1984: Dr. (John H.) Brennan: “No hay contraindicaciones psiquiátricas o restricciones para su trabajo como párroco”.

En los archivos también se encuentra una conmovedora –y profética- carta al predecesor de Law, el  fallecido cardenal Humberto Medeiros, a quien escribió la tía de las siete víctimas de Geoghan en la parroquia de Jaimaica Plain, expresando incredulidad por la Iglesia de la que era devota, después de enterarse de que se le dio una nueva oportunidad a Geoghan en la parroquia de San Brendan después de lo que le había hecho a su familia.

“Al margen de lo que él diga, o de lo que afirme el médico que lo trató, no creo que se haya curado. Sus acciones demuestran claramente que no ha sanado, porque no hay seguridad de que personas con este tipo de obsesiones se curen algún día”, señaló Margaret Gallant en la carta de protesta al cardenal Medeiros.

“Me avergüenza que la Iglesia sea tan negligente”, escribió Gallant.

Los archivos de la Arquidiócesis obtenidos por The Globe dejan en claro por qué Gallant escribió su airada carta dos años después de cometidos los abusos: Geoghan reapareció en Jamaica Plain, y había sido visto con un jovencito. Al siguiente mes, alguien anotó en los documentos: “Otra carta de la señora Gallant. ¿Por qué no se está haciendo nada?”.

Desde lo ocurrido en Jamaica Plain, las autoridades de la Arquidiócesis estaban enterados de la atracción que el padre Geoghan sentía por los jovencitos y cómo elegía a sus víctimas: el afable Geoghan frecuentemente se relacionada con las madres católicas de familias numerosas que luchaban por superarse, por lo general solas. El sacerdote ofrecía su ayuda y a cambio las mujeres sin sospechar nada les entregaban a sus hijos para que fueran a tomar helado o a rezar juntos antes de dormir.

Así fue como el padre Geoghan se acercó a Patrick McSorley, de 12 años de edad, quien vivía en un proyecto de viviendas de Hyde Park. Ocurrió en 1986, dos años después que asignaran al sacerdote a Weston.

McSorley

Patrick McSorley fue violado por el sacerdote Geoghan cuando tan solo tenía 12 años de edad.

De acuerdo con McSorley, Geoghan sabía que su familia era de St. Andrew, que su padre se había suicidado y se presentó a darle sus condolencias a su madre, que sufría de esquizofrenia. El cura entonces ofreció a Patrick comprarle un helado.

“Me sentí un poco extraño cuando me lo dijo”, recordó McSorley en una entrevista: “Tenía 12 años y él era un hombre viejo”.

McSorley dijo que Geoghan lo acompañó hasta su casa luego de terminar el helado para supuestamente consolar al muchacho por la pérdida de su padre. De pronto el sacerdote comenzó a tocarle una pierna y deslizó su mano hasta la entrepierna. “Me quedé inmóvil”, relató McSorley: “No sabía qué pensar. Luego, él (Geoghan) colocó su mano en mis genitales y comenzó a masturbarme. Me quedé petrificado”. McSorley añadió que Geoghan luego se masturbó así mismo.

Cuando Geoghan dejó a un choqueado McSorlen fuera de la casa de su madre, le pidió que mantuviera en secreto lo que había sucedido. “Me dijo: ‘Estaremos muy bien si guardamos los secretos’”, declaró McSorlen.

Por muchos años McSorley luchó contra el alcoholismo y la depresión. Ahora es uno de los firmantes de la demanda contra Geoghan. McSorley está mortificado. “Enterarme después que la Iglesia católica sabía que (Geoghan) molestaba a los niños, cada día me amarga más y más”, afirmó McSorley.

Muchos documentos están embargados

Las cartas del obispo D’Arcy y Margaret Gallant fueron algunos de los documentos que encontró The Globe durante la revisión de los archivos públicos de las 84 demandas civiles contra Geoghan pendientes de resolución. A pesar de la notoriedad del caso de Geoghan, los archivos públicos sobre este son llamativamente pobres. Esto se explica porque casi todas las evidencias sobre la supervisión de la Iglesia respecto a Geoghan, se mantiene bajo confidencialidad por mandato judicial otorgada a petición de los abogados del Arzobispado.

En noviembre (de 2001), en respuesta a un requerimiento de The Globe, la jueza del Tribunal Superior, Constance Sweeney, ordenó que dichos documentos fueran públicos. Sin embargo, el Arzobispado se opuso a la decisión judicial ante la Corte de Apelaciones del Estado, con el argumento de que The Globe –y el público- no deben tener acceso a documentos sobre el funcionamiento interno de la Iglesia. La apelación fue rechazada al mes siguiente. Los documentos, que contienen las declaraciones de los obispos y archivos personales de varios implicados, serán públicos desde el 26 de enero (de 2002).

 

La jueza Constance M. Sweeney ledio la razón a los periodistas y levantó la prohibición de acceso a los documentos de la Iglesia.

La jueza Constance M. Sweeney ledio la razón a los periodistas y levantó la prohibición de acceso a los documentos de la Iglesia.

 

El cardenal y cinco obispos que supervisaron a Goerghan a través de los años han sido acusados de negligencia en muchas demandas civiles que alegan que estos sabían de los abusos del sacerdote y no hicieron nada para detenerlo. Nunca antes tantos obispos tuvieron que defender su papel en un caso judicial contra un solo sacerdote acusado de abusos sexuales. Los cinco obispos, quienes fueron designados para dirigir sus propias diócesis desde que se conocieron los hechos, son Thomas V. Daily, de Brooklyn, Nueva York; Robet J. Bancos, de Green Bay, Wisconsin; William F. Murphy, de Rockville Center, Nueva York; John B. McCormack, de Manchester, New Hampshire; y Alfred C. Hughes, de New Orleans. El cardenal Law y los cinco obispos negaron todas las acusaciones, según los expedientes judiciales.

Ninguna diócesis de los Estados Unidos se ha enfrentado a un escándalo de dimensiones parecidas desde 1992. En ese año, en la diócesis de Fall River, donde ex sacerdote James Porter abusó de más de cien menores, se hizo pública la evidencia de que los superiores del acusado –incluyendo en los años 60, el entonces monseñor Medeiros-, lo cambiaban una y otra vez de parroquia cada vez que los padres de familia se enteraban de que se trataba de un abusador compulsivo.

Desde 1997, la Arquidiócesis ha recibido cerca de 50 demandas contra Geoghan y reclamos de indemnización por más de 10 millones de dólares, sin embargo los expedientes judiciales son confidenciales y no pueden ser públicos.

Los demandantes de los 84 casos pendientes se niegan a resolver tan fácilmente sus reclamaciones, y los documentos internos de la Iglesia están sujetos a ser revelados solamente durante el proceso judicial. La Arquidiócesis se ha movilizado agresivamente para mantener fuera del escrutinio público los reportes de la supervisión a Geoghan. Por ejemplo, cuando el cardenal Law fue nombrado como acusado en 25 demandas, Rogers le pidió al juez reservar cualquier referencia a la autoridad clerical bajo el argumento de que su reputación podría ser dañada. El juez se negó a hacerlo.

El 17 de diciembre (de 2001), el abogado del cardenal Law, Wilson D. Rogers Jr., amenazó al defensor legal de The Globe, Jonathan M. Albano, que iniciaría acciones judiciales contra el periódico y el estudio que lo representaba si el diario publicaba cualquier referencia tomada de los documentos reservados contenidos en las demandas. Advirtió que buscaría que un tribunal sancionara a los reporteros de The Globe si estos preguntaban sobre los sacerdotes involucrados en el caso.

 

El abogado del cardenal Law, Wilson Rogers Jr., amenazó con demandar al periódico si los reporteros citaban los documentos de la iglesia sobre las violaciones sexuales.

El abogado del cardenal Law, Wilson Rogers Jr., amenazó con demandar al periódico si los reporteros citaban los documentos de la Iglesia sobre las violaciones sexuales.

 

Durante décadas dentro de la Iglesia Católica estadounidense el comportamiento sexual indebido de los sacerdotes fue envuelto por el secretismo. Los curas abusivos –Geoghan, entre ellos-, con frecuencia presionaban a los traumatizados jóvenes a no decir nada sobre lo que les habían hecho. Los padres de familia que se enteraron de los abusos, frecuentemente afectados por la vergüenza, la culpa y la negación, trataron de olvidar todo lo que hizo la Iglesia. Los pocos que se quejaban fueron invariablemente urgidos a que guardaran silencio. Por su parte, los obispos y pastores vieron el abuso sexual como un pecado del que los sacerdotes podían arrepentirse y no como un acto compulsivo del que estos eran incapaces de controlar.

El Estado de Massachussetts garantizó por ley el secretismo y lo sigue haciendo. Durante todos los años que Geoghan abusaba sexualmente de los niños, los clérigos estaban exceptuados de las leyes que permiten iniciar acciones penales con un solo reporte policial de un incidente de abuso sexual.

Hasta años recientes, la Iglesia tenía un poco de temor a los tribunales. Pero esto cambió, como predijo un reporte confidencial de 1985, preparado por presión de algunos importantes obispos del país, Law entre ellos. “Nuestra dependencia en el pasado de los jueces y abogados católicos romanos que protegen a la Diócesis y a los sacerdotes, ya no existe”, señala el informe.

Desde mediados de diciembre (de 2001), The Globe has solicitado entrevistas con el cardenal Law y otras autoridades de la Iglesia. No recibimos respuesta hasta que Morrissey en una tardía llamada en la noche del viernes nos dijo que ni siquiera aceptaría preguntas por escrito. Consultado si eso significaba que la Arquidiócesis ni siquiera tenía interés en saber cuáles eran las preguntas, Morrissey contestó: “Eso es correcto”.

Durante la preparación de este reportaje The Globe también pidió entrevistas a muchos de los sacerdotes y obispos que supervisaron o trabajaron con Geoghan. Ninguno de los obispos quiso hacer comentarios. De los sacerdotes, muy pocos querían hablar públicamente. Un cura colgó el teléfono y otro tiró la puerta ni bien escuchó la mención del nombre de Geoghan.

Después de ordenarse, se reportaron los abusos.

No hay dudas de que Geoghan abusó de los niños cuando estuvo en la iglesia Santísimo Sacramento, en Saugus, después de que se ordenara en 1962. Recientemente la Arquidiócesis reconoció que recibió acusaciones contra el clérigo por su conducta, además archivos obtenidos por The Globe señalan que en 1995 Geoghan aceptó que en esa época violó a cuatro niños de la misma familia. El punto irresuelto en las demandas es si las autoridades eclesiásticas conocían de los abusos en esa época.

El sacerdote retirado Anthony Benzevich dijo que alertó a los altos funcionarios de la Iglesia de que Geoghan frecuentemente llevaba a muchachos a su dormitorio. Después que se publicaron en la prensa las acusaciones contra el clérigo Geoghan, consignaron declaraciones de Benzevich quienes aseguraba que las autoridades de la Iglesia con enviarlo a Sudamérica como misionero si seguía hablando del perpetrador sexual. Benzevich relató su historia a Mitchell Garabedian, el abogado defensor de casi la totalidad de los que demandaron a Geoghan y funcionarios de la Iglesia, de acuerdo con la declaración jurada presentada por el letrado.

 

El abogado defensor de las víctimas, Mitchell Garabedian, tuvo un papel decisivo en la investigación de los periodistas.

El abogado defensor de las víctimas, Mitchell Garabedian, tuvo un papel decisivo en la investigación de los periodistas.

Sin embargo, los registros judiciales que revisó The Globe revelan que cuando Benzevich se presentó en el estudio de Garabedian para presentar preparar su manifestación en la audiencia de octubre de 2000, estuvo acompañado del abogado de Wilson Rogers III, hijo del principal defensor del cardenal Law. Bajo juramento, Benzevich cambió de versión. Dijo que no estaba seguro de que Geoghan tuvo niños en su dormitorio. Y añadió que no recordaba si notificó a sus superiores sobre el comportamiento de Geoghan con los niños.

En una reciente entrevista con The Globe, Benzevich recordó que, efectivamente, Geoghan llevaba niños a su habitación. Añadió que a menudo luchaba con los menores, a los que le gustaba vestirlos con atuendos de sacerdote. Y repitió su afirmación bajo juramento de que no recuerda si dio aviso a sus superiores.

Antes de ofrecer su testimonio a los tribunales, Benzevich dijo que se le acercó el abogado Wilson Rogers III y le informó que la Iglesia lo estaba tratando de proteger ante una eventual acusación en su contra y le ofreció defenderlo. Después de esto, Benzevich explicó que sus declaraciones a la prensa habían sido mal interpretadas.

Basándose en el mandato judicial de confidencialidad, no quiso abordar el caso de Benzevich ante The Globe. Si se comprueba que los superiores de Geoghan conocían de los abusos sexuales que cometía, el monto de las indemnizaciones que tendría que pagar la Iglesia a las víctimas aumentaría drásticamente.

La segunda asignación de Geoghan fue en la iglesia de San Bernardo, en Concord, en 1966. Solo duró siete meses, de acuerdo con una cronología detallada del servicio de Geoghan que preparó la Iglesia pero que no explica por qué el clérigo estuvo por tan corto tiempo en dicha parroquia.

Entre las demandas pendientes de resolución se incluyen acusaciones de que Geoghan volvió a abusar de niños de muchas familias en la siguiente parroquia en la que sirvió, San Paul, en Hingham, entre 1967 y 1974. Una de sus presuntas víctimas, Anthony Muzzi hijo, declaró en una entrevista la semana pasada que, además de haber sido abusado por el sacerdote, su tío acusó a Geoghan de haber violado a su hijo. El tío ordenó a Geoghan retirarse de su casa y lo denunció ante sus superiores de la iglesia de San Paul.

 

Cada vez que los acusaban por las violaciones sexuales de niños, los superiores de Geoghan, en lugar de ponerlo en manos de la justicia, lo trasladaban de parroquia. No era el único.

Cada vez que los acusaban por las violaciones sexuales de niños, los superiores de Geoghan, en lugar de ponerlo en manos de la justicia, lo trasladaban de parroquia. No era el único.

La queja ante las autoridades de la Iglesia coincide con el periodo de tiempo en el que Geoghan recibió un tratamiento hospitalario para abusadores sexuales en el Instituto Seton, en Baltimore, según Sipe, el psicoterapista que era parte del personal del establecimiento de salud en ese momento. Pero Sipe no trató a Geoghan.

Durante su estancia en Hingham, Geoghan buscó víctimas en lugares más lejanos. Se hizo amigo de Joanne Mueller, una madre soltera de cuatro niños que vivía en Melrose. De acuerdo con las manifestaciones judiciales, el sacerdote se convirtió en un visitante regular, en un consejero espiritual y compañero para sus hijos que tenían entre 5 y 12 años de edad.

Según testificó Mueller, su segundo hijo se le acercó y le dijo que mantuviera lejos de él a Geoghan. “No quiero que él le siga haciendo eso a mi pipí, no quiero que siga tocando mi pipí…”, recordó Mueller que le pidió su hijo.

De acuerdo con la manifestación judicial de Mueller, llamó a sus otros tres hijos y estos le dijeron que Geoghan, aprovechando que se los llevaba a tomar un helado, o ayudándolos en la ducha, o leyéndoles cuentos antes de dormir, los violaba oral y analmente. Mueller también afirmó que Geoghan presionó a sus hijos para que no dijeran nada a nadie. “No pudimos decirte nada porque el padre dijo que estábamos bajo confesión”, relató a Muller uno de sus hijos.

Mueller declaró que inmediatamente llevó a sus hijos ante el reverendo Paul E. Miceli, el párroco de la iglesia de Santa María, en Melrose, quien conocía tanto a Geoghan como a la madre de familia.

Ella testificó que Miceli le aseguró que Geoghan sería puesto en manos de las autoridades eclesiásticas correspondientes para que “nunca más vuelva a ser sacerdote”. Mueller también afirmó que Miceli le pidió que mantuviera el caso en reserva. “Esto ha sido tan malo, que mejor intenta no pensar más en el asunto. Nunca más volverá a ocurrir”, le dijo Miceli.

El reverendo Paul Miceli recibió una denuncia de una madre contra Geoghan por la violación de sus hijos. En el juicio, Miceli diría que no sabía nada.

El reverendo Paul Miceli recibió una denuncia de una madre contra Geoghan por la violación de sus hijos. En el juicio, Miceli diría que no sabía nada.

 

Pero Miceli, quien hasta hace poco fue miembro del círculo íntimo del cardenal Law, contradijo a Mueller durante el juicio. Aseguró que no recordaba su nombre y que nunca había recibido una visita con las características que describió la madre de familia. Pero reconoció que había recibido la llamada de una mujer que dijo que Geoghan pasaba demasiado tiempo con sus hijos.

El clérigo declaró que la persona que se comunicó con él no mencionó para nada los abusos sexuales. Sin embargo, Miceli manifestó que envió a Geoghan a una nueva parroquia, en Jamaica Plain, para Geoghan enfrentara cara a cara las quejas de la mujer.

Las familias necesitadas eran las más vulnerables 

Si Mueller facilitó a Geoghan acceso a sus niños en su casa de Melrose sin saber de quién se trataba, algo parecido hizo Maryetta Dussourd en la siguiente parada del sacerdote, en la iglesia de San Andrés, en la zona de Forest Hills, en Jamaica Hills, entre 1974 y 1980.

Maryetta Dussourd acusó al sacerdote Geoghan de haber abusado de siete menores en su casa. Las autoridades de la Iglesia le pidieron que no hiciera público el caso y que castigarían al pedófilo. No lo hicieron.

Maryetta Dussourd acusó al sacerdote Geoghan de haber abusado de siete menores en su casa. Las autoridades de la Iglesia le pidieron que no hiciera público el caso y que castigarían al pedófilo. Nunca lo hicieron.

 

Dussourd criaba a tres niños y una niña y a otro cuatro hijos de su sobrina. En el complicado vecindario donde vivía, ella declaró que esperaba que sus niños admirasen a un sacerdote. Entonces ella se encontró con Geoghan, quien supervisaba a los monaguillos y boys scouts en la parroquia.

Recordó con amargura que Geoghan le dijo que estaba dispuesto a ayudarla. Al poco tiempo el sacerdote comenzó a visitarla en su departamento casi todas las noches durante dos años. Cotidianamente llevaba a los siete niños a beber helados y los hacía dormir cada noche.

Durante todo ese tiempo, Geoghan sistemáticamente molestaba a los siete niños en sus dormitorios, declaró Dussourd. En algunos  casos, practicó sexo oral con todos, de acuerdo con los documentos judiciales. En otras ocasiones, mientras él rezaba, acariciaba los genitales de los niños  o los forzaba a que lo hicieran con los suyos.

Un documento arquidiocesano de 1994 sellado como “personal y confidencial”, señala que Geoghan se quedaba en el hogar de Dussourd, “incluso cuando estaba de retiro, porque extrañaba mucho a los niños. Él ‘los tocaba cuando ellos dormían y los despertaba para jugar con sus penes’”.

Dussourd descubrió lo que ocurría después que los niños finalmente le contaron a su hermana, Margaret Gallant. Horrorizada, Dussourd se quejó ante el reverendo John E. Thomas, párroco de Santo Tomás de Aquino, una iglesia cercana, según el expediente judicial del caso, las declaraciones de Dussourd y una autoridad eclesiástica que pidió que no la identificaran.

Thomas confrontó a Geoghan ante las acusaciones y quedó sorprendido cuando el clérigo aceptó casualmente que eran ciertas. “Me dijo: ‘Sí, todo es verdad’”, recordó la autoridad eclesiástica. Era como si se le hubiese preguntado a Geoghan, “si prefería un helado de vainilla o de chocolate”.

Thomas de inmediato se dirigió a las oficinas de la Arquidiócesis en Brighton para darle cuenta a Daily. Ante la presencia de Thomas, en la tarde del sábado 9 de febrero de 1980 Daily telefoneó a Geoghan que se encontraba en la parroquia de San Andrés, y en una breve conversación, le dio una orden terminante: “Vete a casa”, dijo la autoridad eclesiástica.

El reverendo Francis H. Delaney, quien fuera pastor de Geoghan en San Andrés, dijo en una entrevista que las autoridades de la Iglesia nunca le dijeron porque el clérigo desapareció de la parroquia.

Varias semanas después, relató Dussourd, un contrito Thomas se presentó en su departamento y le dijo que Geoghan había confesado que abusó de los niños, pero disculpó su comportamiento arguyendo ante el pastor: “Solo fueron dos familias”.

Thomas, cumpliendo con el patrón común de los clérigos de la época, más tarde le pidió a Dussourd no cumplir con su amenaza de hacer público lo ocurrido, manifestó la madre de familia. El clérigo le recordó los años que Geoghan pasó estudiando para el sacerdocio y las consecuencias de lo que le pasaría si las acusaciones se ventilaban. “¿Te das cuenta de lo que le harías?”, dijo Dussourd que Thomas le preguntó, según su versión.

Thomas, que ahora está retirado, no quiso ser entrevistado.

Un documento de la Arquidiócesis fechado en 1994 que resume los frecuentes problemas de Geoghan señala sobre los siete niños: “El padre Geoghan ‘admite la actividad pero no siente que sea grave o un problema pastoral’”.

El siguiente año Geoghan estuvo de baja por enfermedad, bajo tratamiento por su compulsión sexual, pero vivía en familia en West Roxbury. En febrero de 1981, fue enviado a la quinta parroquia de su carrera, San Brendan.

Casi inmediatamente, Geoghan empezó a trabajar con los padres y sus hijos que se preparaban para la Primera Comunión, incluso llevando a algunos de los chicos a la casa de verano de su familia en Scituate (Plymouth, Massachussetts, donde –según los padres dicen que descubrieron-, el sacerdote abusó sexualmente de los menores.

Geoghan dio rienda a sus instintos debido a que la Arquidiócesis nunca le dijo nada al párroco de San Brendan sobre la historia del sacerdote, de acuerdo con un profesor de la parroquia a quien Lane le había confiado lo sucedido.

El profesor de San Brendan, quien pidió no ser identificado, dijo que al principio Geoghan era admirado porque dedicaba gran parte de su tiempo a los niños. Pero con el tiempo algunos feligreses empezaron a sospechar. “Sabíamos que algo no andaba bien”, señaló el profesor: “(Geoghan) solo se fijaba en algunos niños”.

Dos años después y de más acusaciones de abuso sexual, la continuidad de Geoghan  tuvo un abrupto final en 1984 cuando Lane Lane escuchó las acusaciones de que el clérigo había abusado de los niños en la parroquia.

El profesor dijo que Lane estaba devastado que se quebró cuando le dio la noticia. Estaba indignado porque no había sido advertido. “El padre Lane estaba casi destruido por lo sucedido”, declaró el profesor.

Lane está hoy retirado. Cuando un reportero de The Globe lo buscó hace poco, cerró la puerta ni bien se le mencionó el nombre de Geoghan.

El cardenal Law negó haber intentado “pasar por alto el problema” 

Hace poco, el cardenal Bernard Law escribió en su defensa en el periódico arquidiocesano “El Conductor”: “Nunca hubo un esfuerzo de mi parte por trasladar un problema de un lugar a otro”.

Después de la afirmación del cardenal siguió la desclasificación de los documentos judiciales, en los que se menciona que en septiembre de 1984 fue informado de cuatro acusaciones contra Geoghan de haber abusado de siete niños en Jamaica Plain. Ante el tribunal, Law afirmó que notificó a Geoghan de que sería cambiado de la iglesia de San Brendan y que se encontraba “a la espera de otro destino”.

La respuesta legal del cardenal Law, entendida como su reacción a la demanda presentada en su contra, omite cualquier referencia a los abusos sexuales de niños cometidos por Geoghan en San Brendan, en Dorchester.

A pesar de sus antecedentes, Geoghan fue asignado a la parroquia de Santa Julia. En sus primeros dos años estuvo a cargo de los monaguillos, la educación religiosa para los menores de las escuelas públicas y de un grupo de jóvenes, según los directorios anuales de la parroquia. Tres semanas después de que Geoghan llegase a Weston, el obispo D’Arcy protestó por la asignación ante el cardenal Law, recordando los problemas que tenía el clérigo y añadió: “Entiendo que su reciente re

pentina salida de la parroquia de San Brendan, en Dorchester, estaría relacionada con este problema”.

Una copia de la carta contiene un párrafo manuscrito en aparente referencia al reverendo Nicholas Driscoll, quien confirmó que la última semana había sido cambiado de la parroquia de Santa Julia antes de la llegada de Geoghan, pero por problemas de alcohol y depresión, no por abusos sexuales. Es por esto que D’Arcy manifestó su preocupación “por el estallido de un gran escándalo en esta parroquia”. Y añadió: “Si ocurre algo” los feligreses sentirán que la Arquidiócesis “simplemente les envía sacerdotes con problemas”.

D’Arcy instó al cardenal Law que considerara restringir los servicios de fin de semana de Geoghan “mientras reciba algún tipo de tratamiento”. The Globe no pudo encontrar ninguna evidencia de que Law aceptó el consejo. El obispo retirado Francis S. Rossiter, el superior de Geoghan en Santa Julia, rechazó la solicitud de una entrevista que se le hizo la semana pasada. Sin embargo, los archivos de la Iglesia consignan que Rossiter estaba informado del caso de Geoghan.

Las demandas civiles y criminales que Geoghan enfrenta en los condados de Middlesex y Suffolk indican que el sacerdote abusó sexualmente al menos a 30 niños más después que el cardenal Law lo envió a Weston, en 1984, antes y después de la licencia de medio año que se le otorgó por enfermedad, en 1989.

Luego que Geoghan retornó a la iglesia de Santa Julia, en 1989, tuvieron que transcurrir 38 meses para que Law lo sacara de la parroquia. Tres años más tarde, Geoghan continuaba buscando víctimas, entre quienes se encontraban un monaguillo que estaba ataviado para una ceremonia de bautizo, de acuerdo con los cargos criminales presentados contra el sacerdote.

 

Anderson 0

Enviado el Enero 20, 2016 por asuntosinternos

 

Jon Lee Anderson durante una cobertura en territorio iraquí.

Jon Lee Anderson durante una cobertura en territorio iraquí.

 

“Si tus fotos no son lo suficientemente buenas”, decía el legendario Robert Capa, “significa que no estabas lo suficientemente cerca”. El mismo criterio deben aplicar los reporteros cuando son asignados a informar sobre el curso de algún acontecimiento, como una audiencia judicial, una inundación o una guerra. Conocerás mejor lo que sucede, mientras más te aproximes a los hechos. Eso significa hablar con la gente. Como lo suele hacer Jon Lee Anderson cada vez que se desplaza por el mundo para contar revoluciones, invasiones y golpes de Estado. Cuando estuvo en Libia durante el violento  derrocamiento dictador Muamar el Gadafi, Anderson ratificó por qué es uno de los grandes reporteros de guerra del momento.

 

A diferencia de los periodistas que prefieren contar el conflicto desde una prudente distancia, o dándole vuelta a los comunicados oficiales de las partes en lucha o a los informes noticiosos de la prensa local,  Anderson incursiona en las zonas de combate, entrevista a los combatientes y recoge datos de las conversaciones que sostiene con los pobladores, que suelen ser los que más conocen sobre lo que sucede. De esta manera el reportero consigue esas increíbles historias que lo caracterizan y que no se encuentran en la mayoría de la prensa.

 

Libro

 

Las grandes historias hay que salir a buscarlas, no caen del cielo, como la siguiente que forma parte de Crónicas de un país que ya no existe (Sextopiso, 2015), el conjunto de reportes que Anderson escribió desde Libia para la revista The New Yorker:

 

El sábado, en Brega, conocí a Osama Ben Sadik, un libio-estadounidense de cuarenta y siete años que había regresado a su país netal desde Martinsville, Virginia, para ayudar a la revolución. Ofrecía sus servicios en el hospital (es bombero voluntario en el condado de Henry). Me contó, lleno de pasión, orgullo y miedo, que su hijo de veintiún años, Muhannad, estudiante de segundo año de Medicina y boy scout que iba a la universidad aquí, en Libia, se había ido a luchar al frente. (…) Ben Sadik me dijo que temía por la seguridad de su hijo, porque era valiente y le había dicho que sentía que la revolución era una causa por la que valía la pena morir.

(…)

En el hospital de Ajdabiya, ayer, me encontré de nuevo con Osama Ben Sadik. Se derrumbó en mis brazos cuando llegaba hasta él, y su cuerpo entero se sacudió mientras lloraba. Muhannad había muerto, luchando no lejos de Brega, el sábado por la mañana. Ben Sadik sollozaba con el dolor inconsolable de un padre. Estaba en el hospital, aguardando el cuerpo que esperaba fuera recuperado –pero sin saberlo a ciencia cierta, porque aquello era ahora territorio de Gadafi-. Si llegaba el cuerpo de Muahannad, me dijo, lo llevaría a la casa de su hermano en Bengasi y lo velaría durante tres días, según la tradición libia. Luego volvería al frente. ‘No voy a dejar que la muerte de Muhannad haya sido en vano’, dijo. ‘No voy a regresar a los Estados Unidos hasta que esto acabe. Ya no me importa nada más.

 

Rebeldes libios durante los combates para derrocar al dictador Muamar Gadafi.

Rebeldes libios durante los combates para derrocar al dictador Muamar Gadafi, en el poder durante 42 años.

 

Así es el periodismo en la guerra. Hablas con alguien que no sabes si mañana seguirá viva. Sea un combatiente o un soldado cualquiera. Una experiencia impactante y sobrecogedora es hablar con los sobrevivientes en los hospitales donde todo huele a muerte:

 

En el hospital del centro de la ciudad había un cargamento de restos humanos. Eran soldados de Gadafi, algunos de ellos muertos a tiros, otros quemados, los miembros ennegrecidos, sus huesos protuberantes emergiendo de un amasijo de carne y ropa de fajina. Los hombres se reunían alrededor para mirar, cubriéndose las narices por el olor, y hacer fotos con sus teléfonos móviles. La mayoría de sus comentarios eran despectivos.

(…)

Había otros cadáveres en el hospital. Unos ocho combatientes de Gadafi yacían en el sueño en una morgue propia, pequeña y separada –los rostros y los cuerpos jóvenes, despedazados a tiros-. Hablé con uno de sus compañeros, que estaba herido y alojado en un cuarto trasero estrechamente vigilado. Su nombre era Mustafa y era de la ciudad-oasis de Sabha, en el sur. Dijo que creía que luchaba contra extremistas drogadictos de Al Qaeda, como Gadafi ha pintado a los revolucionarios una y otra vez. Mustafa afirmó esto sin inmutarse, con una expresión difícil de descifrar. Tenía seis agujeros de bala que empezó a mostrarme, dolorosamente, hasta que le pedí que se detuviera.

 

Las crónicas de Anderson están repletas de escenas de este tipo, además de las no pocas ocasiones en las que pudo haber perdido la vida por aproximarse demasiado a los hechos, así como para verificar las diversas versiones que aparecen en un conflicto porque, ya se sabe, en una guerra siempre la primera víctima es la verdad. Como ocurrió en el caso de la detención y muerte de Gadafi a manos de los rebeldes. Anderson obtuvo una narración genial de uno de los testigos de la hora final del dictador libio:

 

Gadafi capturado en un desagüe, pocos momentos antes de que los rebeldes lo asesinaran.

Gadafi capturado en un desagüe, pocos momentos antes de que los rebeldes lo asesinaran.

 

Más adecuada, quizás, es la versión relatada por el joven comandante de la fuerza de Misurata que halló y mató a Gadafi. En el desagüe (donde encontraron a) el Rey de Reyes se reveló como un anciano herido y confundido, sin siquiera el confort de su gorra beduina para ocultar su calvicie. Sin embargo –observó el comandante, con una suerte de reticente respeto-, hasta el final Gadafi creyó que aún era el presidente de Libia.

 

Solo es posible contar este tipo de historias extraordinarias si estás cerca de los hechos y hablas con la gente. Anderson hace con el periodismo escrito, lo que Robert Capa con la fotografía.

 

Guerriero 0

Enviado el Enero 04, 2016 por asuntosinternos

Guerriero Foto

 

De vez en cuando es saludable que los periodistas reciban una andanada de patadas en el trasero para recordar los rigores de la profesión. Es aproximadamente lo que sentí al terminar con la última página de  Zona de obras (2015), la colección de conferencias, ensayos y columnas de Leila Guerriero, una de las mejores periodistas en español que se ha ganado el título a pulso en más de veinte años de carrera. Acabé adolorido, pero deseaba más y más.

Cualquiera que estudie o ejerza el periodismo debería renunciar de inmediato si no ha leído Los suicidas del fin del mundo (2005), o la colección de crónicas de Guerriero titulada  Frutos extraños (2009) o la antología sus perfiles publicada con el nombre de  Plano americano (2013). La diferencia de estos libros con Zona de obras reside en que en éste Guerriero ofrece lecciones sobre periodismo, aprendidas mirándoles los ojos a los asesinos, metiéndose en la vida de muertos sin reposo o haciéndole un retrato a un gigante que se desmorona. Nada se lo contaron. Ello lo vivió.

Así que seleccioné diez de las lecciones de Guerriero que pondrán en aprietos a más de uno de la profesión que cree que el periodismo es el acto mecánico y cotidiano de informar como un autómata. Felizmente, es mucho más que eso. Aquí van:

 

Guerriero libro

 

SOBRE CÓMO ESCOGER LOS TEMAS

“Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoren, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen”.

SOBRE LA INUTILIDAD DE ESCRIBIR BONITO

“Una andanada de sinécdoques, metonimias y metáforas no logrará disimular el hecho de que un periodista no sabe de qué habla, no ha investigado lo suficiente o no encontró un buen punto de partido”.

SOBRE LA TENTACIÓN DE INVENTAR

“Si la pregunta es cuál es el límite entre el periodismo y la ficción, la respuesta es simple: no inventar. (…) Si se confunde escribir bien con hacer ficción, estamos perdidos. (…) Y si le decimos a los lectores que, en ocasiones, es lícito agregar un persona aquí y exagerar un tiroteo allá, también estamos perdidos”.

 

Guerriero Suicidas

 

SOBRE LA PACIENCIA Y LA HUMILDAD

“Para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulsos, tener la fe del pescador –y su paciencia-, y el ascetismo de quien se olvida de sí –de su hambre, de su sed, de sus preocupaciones- para ponerse al servicio de la historia de otro. Vivir en promiscuidad con la inocencia y la sospecha, en pie de guerra con la conmiseración y la piedad. Ser preciso sin ser inflexible y mirar como si se estuviera aprendiendo a ver el mundo. Escribir con la concentración de un monje y la humildad de un aprendiz”.

SOBRE LA MIRADA DEL PERIODISTA

“Todo buen periodista debe ser capaz de entender lo que dijo el piano, pero también de entender cuándo es necesario informar sobre los calcetines del pianista. (…) Si bien es verdad que un periodista debe informar sobre lo que el piano dijo, la diferencia entre un texto anodino y un texto superior reside en la capacidad de ese periodista para entender cuándo es momento de abrir el cuadro y enfocar, además del piano, los calcetines del pianista”.

SOBRE LA ENTREVISTA

“Hacer una entrevista es como torear, pero sin final trágico: tentar al toro y, cuando sale, hacerle honor a ese coraje. Cada uno sabrá cómo lograr esa eficacia, que no es fácil, pero yo estoy más segura con esa cajita noble corazón de pilas cuidándome la espalda”.

 

Guerriero Frutos

 

SOBRE EL USO DE LA GRABADORA

“Y si nunca he visto un grabador apurado, aburrido, ególatra, cínico, inseguro, en cambio he visto esto: he visto periodistas que no miran a sus entrevistados a los ojos que mueven los pies con impaciencia, que se distraen con cosas que pasan en la calle, que preguntan como quien llena un formulario, que interrumpen, que no escuchan, que asienten como muñecos articulados y sonríen como marionetas falsas, que citan cosas que el entrevistado jamás dijo, que citan libros que el entrevistado jamás escribió, que le dicen Alberto a quien se llama Alfredo y que creen que ser cruel es lo mismo que ser inteligente”.

SOBRE LA LIBRETA DE APUNTES

“Yo grabo, pero también lleno libretas con frases que reseñan olores, cosas que se ven en los jardines, cantidad de teléfonos y sillas, cuadros que hay, fotos que no, televisores, formas de los muebles”.

 

Guerriero Plano

 

SOBRE LA AMISTAD CON LOS ENTREVISTADOS

“Porque, una vez que pido una entrevista, me la otorgan y aprieto play-rec, aplico la misma ética que aplico en las cosas de la vida y que me deja en una orilla no necesariamente buena –en absoluto angelical-, pero sí opuesta a la de los pusilánimes, los cobardes, los ingenuos, los corruptos, los crédulos y los delatores. Porque nunca pretendo ser amiga de quienes entrevisto. Porque no escribo para disgustarlos, pero sè que no tengo por qué escribir para que les guste. Y porque no creo que el periodismo sea un oficio de sobones pero, sobre todo, porque sè que el periodismo no es un oficio de canallas”.

 

SOBRE EL ARTE DE LA CRÓNICA

“Yo no tengo corazón para decirle a alguien que, para escribir una crónica, debe encerrarse en un departamento de treinta y seis metros cuadrados en jornadas de dieciséis horas y concentración de monje budista. Pero, en el fondo, todo lo que tengo para decir es eso: que debe encerrarse en un departamento de treinta y seis metros cuadrados en jornadas de dieciséis horas y concentración de monje budista”.

¿Cómo te quedó el trasero, oh, hipócrita colega?

Gnielka 0

Enviado el Diciembre 23, 2015 por asuntosinternos

 

Thomas Gnielka nació en Berlín, en 1928. Los nazis lo destacaron en Auschwitz en 1944.

Thomas Gnielka nació en Berlín, en 1928. Los nazis lo destacaron en Auschwitz en 1944.

 

No hay nada más ominoso para un periodista que someterse al silencio. Después de la derrota de Adolfo Hitler y del Tercer Reich, los alemanes prefirieron voltear la página y empezar un nuevo capítulo en el que nadie era culpable por lo que había hecho durante el nazismo. De este modo los verdugos y sus víctimas empezaron a convivir como si nada hubiera pasado. El reportero Thomas Gnielka se oponía a la idea de que la impunidad rescataría a Alemania del hundimiento. Gnielka estuvo en el campo de concentración de Auschwitz, así que sabía de lo que hablaba.

 

Gnielka fue uno de los miles de jóvenes que los nazis reclutaron a la fuerza para sus filas y les asignaron diversas labores. Había cumplido 15 años cuando lo asignaron al cuerpo de vigilancia de las instalaciones de Auschwitz donde se encontraban las fábricas en las que los judíos eran obligados a cumplir extenuantes jornadas de trabajo. Terminada la guerra, Thomas Gnielka, quien consideraba que los criminales debían ser sancionados y los sobrevivientes de las atrocidades recompensados por las nuevas autoridades alemanas, se hizo periodista. Desde las páginas del periódico “Frankfurter Rundschau”, empezó a informar sobre criminales de guerra y los colaboradores del nazismo. En 1959, un ex preso de Auschwitz, Emil Wulkan, lo buscó para contarle que en la Oficina de Reparaciones de las víctimas del Tercer Reich los funcionarios no respondían a sus requerimientos y sospechaba que se trataba de nazis reciclados.

 

 

Gnielka junto con otros muchachos recibe instrucción de un oficial nazi en Auschwitz.

Gnielka junto con otros muchachos recibe instrucción de un oficial nazi en Auschwitz.

 

Durante la entrevista, Wulkan le dijo a Gnielka que poseía documentos de Auschwitz en los que se reportaba el asesinato de presidiarios judíos que supuestamente habían intentado evadirse del campo de concentración. Los papeles eran de mucho valor, porque consignaban las identidades de los homicidas, varios de los cuales hacían una vida normal en la Alemania de la posguerra, arropados por el pacto del silencio y el olvido. Además de informar en el periódico sobre los alemanes que habían cumplido papeles protagónicos en Auschwitz -uno de los más importantes centros de eliminación masiva de judíos durante la Segunda Guerra Mundial-, Gnielka le preguntó a Wulkan si podía entregar una copia a las autoridades. Hasta ese momento, ningún nazi había sido sometido a juicio por un tribunal alemán. Wulkan aceptó.

 

El 15 de enero de 1959, Gnielka suministró los documentos al fiscal general del estado de Hesse, Fritz Bauer, quien logró que se abriera proceso en los tribunales de Frankfurt contra 22 ex oficiales nazis. Todos habían conseguido salvarse del famoso proceso de Nüremberg, el tribunal que instalaron los aliados para juzgar a los jerarcas del Tercer Reich. Era la primera vez que jueces alemanes sometieron a responsables de lo ocurrido en Auschwitz. A seis condenaron a cadena perpetua y a 18 se les aplicó condenas de entre cinco y 14 años. De esta manera los alemanes fueron confrontados con un pasado reciente que pretendían olvidar.

 

l fiscal Fritz Bauer que impulso los juicios a los criminales nazis de Auschwitz.

El fiscal Fritz Bauer que impulso los juicios a los criminales nazis de Auschwitz.

 

En lugar de callar y olvidar como la mayoría de sus colegas periodistas, Thomas Gnielka prefirió romper contra ese pacto de vergüenza que era la negación de la labor de un reportero: revelar la verdad, por incómoda que sea.

 

Después del proceso judicial, Gnielka no dejó de investigar ni de publicar. El 23 de diciembre de 1960, en la revista “Welt Bild” relató la historia del comandante en jefe de Auschwitz, el oficial de la SS Arthur Liebehenschel, en un artículo titulado “El más grande crimen de nuestro siglo”. El periodista murió en 1965. Más de 30 años después, los familiares de Bárbara Cherish le contaron la verdad sobre su origen: ella era una de las hijas de Liebehenschel. Para probarlo, le entregaron una copia del artículo de Gnielka. No hay mejor recompensa para un reportero, que exponer una verdad que se mantuvo por mucho tiempo oculta.

 

Audiencia contra los criminales de Auschwitz en el tribunal de Frankfurt, que se inició en diciembre de 1963.

Audiencia contra los criminales de Auschwitz en el tribunal de Frankfurt, que se inició en diciembre de 1963.

 

El director italiano Giulio Ricciarelli llevó al cine hace poco la historia del periodista Gnielka y del fiscal Bauer en la película La Conspiración del Silencio. El largometraje es un homenaje a los reporteros que ejercen su trabajo contra la voluntad de sus compatriotas que prefieren la comodidad de la amnesia, algo que suele ocurrir luego de una experiencia autoritaria. Una amnesia que beneficia particularmente a los criminales. Por eso, destapar la verdad es un acto contra la impunidad y el olvido. Es un acto de justicia.

 

"Im Labyrinth des Schweigens", la película de Giulio Ricciarelli.

“La conspiración del silencio”, la película de Giulio Ricciarelli.

 

Saviano 0

Enviado el Noviembre 08, 2015 por asuntosinternos

 

Saviano

 

El plagio es una plaga. Es una plaga que no conoce de fronteras. Ataca a escala mundial. Atrapa a cualquiera, ni los famosos se salvan.

Michael Moynihan, el editor cultural del influyente portal de noticias The Daily Beast, ha descubierto que el periodista superventas Roberto Saviano, el autor de Gomorra (2006) y CeroCeroCero (2013), es un plagiario serial. Saviano, que fue consultado por Moynihan, simplemente lo niega todo. Sin embargo, los hallazgos de Moynihan son demoledores.

Después de publicar el libro Mafiya Roja: Cómo los mafiosos rusos invadieron Estados Unidos (2000), los criminales ofrecieron 100 mil dólares por la cabeza del periodista de investigación Robert Friedman. El reportero se internó en el submundo criminal y entrevistó a algunos capos, como “Tarzán”, conocido por haber vendido helicópteros rusos a los narcos colombianos: “(Tarzán) alardeaba de que podía escoger (a una chica) con solo poner un dedo en cualquier revista para adultos, ‘y llamar a mi agente para que la trajera al club y tirármela hasta que se le salieran los sesos”, escribió Friedman (1).

Maquetación 1

Trece años después, en CeroCeroCero, libro en el que Saviano relata “cómo la cocaína gobierna el mundo”, publicó: “Tarzán se jacta incluso de que le basta señalar con el dedo a una chica de cualquier revista para adultos, para hacerla llamar a su agente, llevársela al club y ‘follársela hasta el agotamiento’”. (2)

Cualquiera se preguntará cómo pudo Saviano conversar con el mismo mafioso “Tarzán” y obtener una declaración casi idéntica a la que consignó Friedman en su libro publicado más de una década antes.

Moynihan se encargó de despejar las dudas con más ejemplos.

El cuatro de octubre de 2005, el corresponsal de la agencia de noticias mexicana Notimex, José Luis Castillejos, divulgó un sorprendente reportaje sobre el adiestramiento de la unidad de élite antiterrorista guatemalteca conocida como Los Kaibiles, que registra un récord de violaciones de los derechos humanos. Castillejos relató: “Al término del entrenamiento, los Comandos se dan un banquete con carne de lagarto asada, iguana, venado y tienen el permiso de tomar por la fuerza al Ministro de Defensa de Guatemala, de turno, y lanzarlo a un estanque donde hay cocodrilos” (3).

En CeroCeroCero, Saviano describe un presunto encuentro con un ex miembro de los Kaibiles, “Ángel Miguel”, quien, curiosamente, le narró casi palabra por palabra lo que publicó Castillejos varios años antes: “Al término de las ocho semanas hay una cena. Parrillas enormes, humeantes, el fuego es alimentado constantemente y durante toda la noche se arrojan sobre las planchas filetes de carne de caimán, iguana y ciervo. También existe la costumbre de coger por la fuerza al ministro de Defensa guatemalteco y arrojarlo a una balsa donde hay cocodrilos (aunque a kilómetros de distancia: ¿esos del gobierno son unos cagones!)” (4).

Gomorra

La publicación de Gomorra representó para Roberto Saviano el estrellato mundial con más de 10 millones de ejemplares vendidos, además de una exitosa versión cinematográfica, pero lo obligó a vivir bajo protección ante el temor de un atentado de la mafia napolitana, lo que no fue un obstáculo para codearse con los que suelen acaparar los titulares de los medios globales. De hecho, en los agradecimientos personales en CeroCeroCero, Saviano mencionó a varios famosos amigos, entre otros al líder y cantante de U2, Bono, al escritor Salman Rushdie y al economista Nouriel Rubini.

Moynihan es de los que no se deslumbran por el brillo de las estrellas, así que escarbó más en el libro del italiano sobre la cocaína y su influencia en el mundo.

El cuatro de mayo de 2003, el reportero del diario St. Petersburg Times, David Adams, en una serie de historias sobre el fotógrafo colombiano Baruch Vega y su relación con el narcotráfico en Florida, informó: “Vega es el segundo de los 11 hijos que tuvo un trompetista de bajos recursos en Bogotá. A los 15 años ganó 20 mil pesos en un concurso de fotografía para principiantes organizado por Kodak. Tuvo la ocasión de captar a un pájaro con un pez en el pico, imagen que obtuvo en un lago ubicado detrás de la casa donde había crecido en Bucaramanga, Colombia. Sus padres no querían que estudiara fotografía, por lo que estudió Ingeniería Industrial en la Universidad Estatal de Santander. Un profesor lo reclutó para que trabajara en la CIA (Agencia Central de Inteligencia). Según su versión, a principios de los 70′, lo enviaron a Chile para apoyar a la CIA en acciones para desestabilizar al gobierno de Salvador Allende” (5).

Saviano Rushdie

Saviano en su libro anotó algo demasiado parecido: “Vega, el segundo de los once hijos de un trompetista de Bogotá que se trasladó (…) a Bucaramanga, a los quince años gana un concurso de Kodak. Ha inmortalizado a un pájaro cuando emergía de un lago llevando en el pico un pez todavía entero. Sin embargo, sus padres le obligan a estudiar ingeniería. En la Universidad de Santander alguien lo recluta para la CIA es enviado a Chile: el gobierno de Salvador Allende tiene que saltar” (6).

Moynihan también encontró que el italiano tomó como suyos comentarios de otros colegas, como de la columnista de Los Angeles Times, Deborah Bonello.

El 10 de abril de 2009, Bonello escribió sobre el español Christian Poveda y “La Vida Loca”, un aclamado documental sobre las pandillas salvadoreñas: “’Little One’ es una mamá de 19 años con un enorme ’18’… tatuado en el rostro… desde arriba de las cejas hasta debajo de sus mejillas. ‘Moreno’ es un joven de 25 años que pertenecen a la misma pandilla que trabaja en una panadería creada por un grupo sin fines de lucro llamado Homies Unidos. La panadería cerraría cuando el propietario  es detenido y condenado a 16 años de cárcel acusado de homicidio. Y “La Maga”, una joven miembro de la pandilla, quien perdió un ojo en una pelea, a quien Poveda acompaña durante una serie de consultas médicas  y operaciones para reempazarla el ojo por uno de vidrio. La mataron antes que terminara la filmación de la película” (7).

En el libro de Saviano aparece lo mismo con algunas pinceladas de su cosecha: “(Poveda) habla de ‘Little One’, una madre de diecinueve años con un enorme ’18’ tatuado desde las cejas hasta la barbilla. Habla de Moreno, de veinticinco años, que quiere cambiar de vida y se ha puesto a trabajar en una panadería montada por un grupo sin ánimo de lucro llamado Homies Unidos: pero la panadería cierra cuando su propietario es detenido y condenado a dieciséis años de cárcel por homicidio. Habla de ‘La Maga’, otra joven madre también miembro de la banda, que ha perdido un ojo en un enfrentamiento. Christian (Poveda) la sigue durante las visitas y la operación para reemplazar su ojo dañado por uno de vidrio. Una operación inútil, no obstante porque será asesinada a tiros antes de que termine el rodaje…” (7).

Por estas y otras evidencias más de plagio, Moynihan interrogó a Saviano en busca de una explicación.

“Ninguno de los personajes de CeroCeroCero es inventado. Cada uno de ellos, desde el primero hasta el último, es real”, explicó Saviano a Moynihan, aunque luego el italiano admitió: “(El libro es resultado de) centenares de conversaciones y entrevistas con protagonistas, investigaciones judiciales en todo el mundo, libros, artículos, películas, reportajes y hechos que estudié por años”.

Saviano2

El problema radica en que Saviano no le dice a sus lectores qué partes de su libro son cosecha propia y cuáles no lo son. En la confusión deliberada gana él italiano.

La explicación de Saviano a Moynihan para no citar a las fuentes es risible. “Este libro no es simple periodismo sino una novela de no ficción. (…) No soy un periodista, o un reportero, sino más bien un escritor que relata hechos reales”, dijo.

Moynihan preguntó a Roberto Saviano si en las futuras ediciones de CeroCeroCero consignaría los créditos de las fuentes de donde obtuvo la información. El autor contestó: “El libro es del género de no ficción, pero antes que cualquier cosa es una novela. ¿Por qué debo citar fuentes en una novela?”, alegó.

Ser un autor de literatura de no ficción –que no es otra cosa que un reportaje periodístico relatado con las técnicas narrativas-, no es una licencia para dejar de consignar el origen de la información… A menos que el escritor haya tenido acceso directo a las fuentes, como lo hicieron John Hersey, cuando escribió Hiroshima (1946); Truman Capote, con A sangre fría (1965); o Rysard Kapuscinsi, con El Emperador (1978)

“Saviano no solo ha escrito un libro malo sino también sorprendentemente deshonesto. CeroCeroCero ha sido elaborado con reportajes y artículos saqueados a periodistas menos conocidos. Incluye entrevistas con ‘fuentes’ que no pueden existir (mucho menos en este momento) y contiene numerosos casos de plagio innegables”, es la devastadora conclusión de Michael Moynihan.

Pero a Saviano parece importarle poco, mientras sus libros se venden todavía más. El 16 de junio de este año, la Corte Suprema italiana falló a favor de la demanda de dos empresas editoriales que lo acusan de haber usado sin permiso información de sus publicaciones para la elaboración de Gomorra. Saviano subestimó el fallo bajo el argumento de que “solo se trata del 0.6 por ciento” del contenido del libro. Nada más. Poca cosa. Poca cosa no es la plaga del plagio, signore.

***

El artículo de Michael Moynihan:

http://www.thedailybeast.com/articles/2015/09/24/mafia-author-roberto-saviano-s-plagiarism-problem.html

Citas:

(1) Saviano, Roberto. CeroCeroCero. Anagrama, Barcelona, 2014. p. 361.

(2) http://m.rlp.com.ni/noticias/3282/los-kaibiles-un-entrenamiento-en-el-infierno-guatemalteco

(3) Ib. p. 117.

(4) http://www.sptimes.com/2003/05/04/Worldandnation/Dr_B_and_Group_43.shtml

(5) Ib. pp- 189-190.

(6) http://latimesblogs.latimes.com/laplaza/2009/04/la-vida-loca-reflects-a-depressing-and-hopeless-reality-the-documentary-filmed-by-photojournalist-and-filmmaker-chris.html

(7) Ib. p. 459.

 

 

 

Odio 0

Enviado el Agosto 06, 2015 por asuntosinternos

Ryszard Kapuscinski y Gabriel García Márquez en un taller con periodistas, 2007.

 

El gran reportero de la segunda mitad del siglo veinte, el polaco Ryszard Kapuscinski, decía a sus alumnos de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano -que fundó Gabriel García Márquez- que debían usar los cinco sentidos si querían conseguir grandes destapes o buenas historias. Kapuscinski desaconsejaba el odio, porque el odio enceguece, confunde, envilece. Suelen odiar las malas personas, y las malas personas no pueden ejercer el periodismo, explicaba. Gran lección.

 

Debido a recientes reportajes sobre los ingresos económicos de la familia de Keiko Fujimori y Mark Vito Villanella, corifeos de la candidata de Fuerza Popular han denunciado que las publicaciones fueron motivadas por un supuesto odio hacia el fujimorismo. No es cierto. Yo no odio al fujimorismo. Es una obligación moral de todo periodista investigar al fujimorismo.

 

Aguijoneado por el odio no podría haber encontrado suficiente evidencia para destapar varios casos de corrupción por los que han sido sentenciados el ex presidente Alberto Fujimori, su ex asesor Vladimiro Montesinos y no pocos ex jefes militares. El odio no te deja descubrir la verdad.

 

Más bien, por el éxito de estas investigaciones, me he ganado el odio del fujimorismo. Cuando gobernaba Alberto Fujimori, y la primera dama era su hija Keiko Fujimori, usó todos los medios a su alcance para silenciarme: dispuso el espionaje telefónico para vigilarme, pagó a la “prensa chicha” para difamarme y empleó a la Sunat para perseguirme, acción cuyas consecuencias todavía afronto. Todos estos casos fueron judicializados y concluyeron con sentencias para los secuaces del régimen. Revelé los hechos y la justicia dispuso el castigo.

 

Por eso, cada vez que exponemos a la luz algo nuevo, el fujimorismo se irrita y sus geishas se escandalizan. Es que los que apañan a la corrupción  y el crimen detestan a los reporteros que fiscalizan, escrutan y descubren lo que se oculta al interés público. Prefieren a los periodistas convertidos en notarios de los hechos del día, transformados en meros registradores de las declaraciones, reducidos a dóciles escribanos que repiten lo que dicen las notas de prensa.

 

Prefiero seguir la línea del periodista sueco Torgny Segerstedt.

 

El periodista sueco Torgny Segerstedt, en plena campaña contra el nazismo.

 

Desde que Adolfo Hitler ascendió al poder en 1933, Segerstedt alertó a sus compatriotas sobre lo que significaba el triunfo del nazismo en Alemania. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Suecia adoptó la neutralidad, pero sectores del gobierno, los empresarios y los periódicos no ocultaron sus simpatías por el dictador. Mientras que los grupos de poder preferían la comodidad del silencio ante las atrocidades que Hitler cometía, Segerstedt atacó con vehemencia al Führer desde el periódico que dirigía. Suecia abastecía de hierro a la dictadura nazi y había permitido el uso de su territorio para el tránsito de las tropas alemanas. La neutralidad era un fraude.

 

Ni siquiera cuando el mismísimo jerarca nazi Hermann Göering le envió un telegrama para advertirle que cesara sus publicaciones, Segerstedt cambió de opinión. Así que el propio rey sueco Gustavo V llamó al periodista a una cita privada con la intención de convencerlo para que redujera sus ataques al Führer. ¡Era el rey! Por supuesto, Segerstedt rechazó el pedido.

 

El rey sueco Gustavo V, su hijo el heredero de la corona Gustavo Adolfo y Hermann Göering, en Berlín, 1939.

 

“Estás cegado por tu odio a los alemanes”, le dijo el rey a Segerstedt.

 

“Yo no odio a los alemanes. Yo estoy contra los nazis”, respondió.

 

“No entendemos que beneficios buscas conseguir de la forma como tú escribes”, replicó Gustavo V.

 

“No creo que ayude a Suecia si yo escribiera contra  mi conciencia”, alegó Segerstedt.

 

Gustavo V dio por terminado el encuentro.

 

Torgny Segerstedt sabía que en febrero de 1939, su majestad había sostenido en Berlín una reunión con el sátrapa Göering, el mismo que le había enviado un telegrama para que cesara sus ataques a los nazis.

 

Parafraseando a Segerstedt: yo no investigo al fujimorismo porque lo odio sino porque es una obligación periodística. No investigarlo sería un acto contra mi conciencia.

GEISHAS 0

Enviado el Julio 27, 2015 por asuntosinternos

 

 

Geishas

Fujimori en un hotel de Londres con periodistas “geishas” filmados por su hijo Kenji, en 1997.

 

 

Fujimoristas de vieja entraña, y otros recién captados por amor o por dinero, fustigan la investigación de La República sobre los ingresos de Keiko Fujimori y su esposo Mark Vito Villanella, atribuyéndole su origen a un supuesto “odio” a la candidata naranja. También arguyen que se trata de una “guerra sucia” desatada por una “máquina de fango”, que busca dañar a la hija del ex presidente Alberto Fujimori porque lidera las encuestas. ¿Desde cuándo los fujimoirstas cuentan con autoridad moral para cuestionar a los reporteros que justamente contribuyeron con sus destapes a enjuiciar y encarcelar a los cabecillas y a los principales componentes de la organización criminal que gobernó en los años 90?

 

Columnistas que firman artículos sin advertir a sus lectores que son fujimoristas, o simpatizantes funcionales del régimen corrupto que devastó el país -son las geishas del fujimorismo reciclado-, ocultan que Fujimori purga prisión por haber autorizado el espionaje telefónico y financiado las inmundas publicaciones de la “prensa chicha”, operativos diseñados expresamente para destrozar la reputación de los periodistas de investigación. Esos mismos periodistas que hicieron su trabajo mientras cuando la mayoría de medios de comunicación estaba sobornada por el fujimorismo, son los que hoy siguen la pista del dinero de los esposos Villanella-Fujimori.

 

Haberle atribuido erróneamente a Keiko Fujimori un monto que no declaró ha servido para que los fujimoristas pretendan deslegitimar una investigación que no comenzó este año sino después que el 29 de mayo de 2001 la hija del ex jefe de Estado declaró ante una comisión investigadora del Congreso que su padre le daba en efectivo el dinero para financiar sus estudios y los de sus hermanos en el extranjero. Esa versión luego la cambió en las elecciones presidenciales de 2011, al afirmar que su padre vendió una propiedad en Surco y con esos fondos sufragó los gastos universitarios. Falso. Como lo acreditó un peritaje que la Contraloría hizo para la Corte Suprema, Keiko Fujimori depositó en una cuenta a plazo fijo en el Citibank el dinero que su progenitor le proporcionó. Jamás transfirió la suma a ningún centro de estudios. Tampoco sus hermanos, entre ellos el congresista Kenji Fujimori. En consecuencia, la investigación periodística que sigue la ruta de los dólares de origen incierto se justifica plenamente.

 

 

Portadas

Desde 2001 se investigan las cuentas de Keiko Fujimori.

 

No es inusual que los defensores de regímenes corruptos cuestionen al periodismo independiente.

 

En el libro Todos los hombres del presidente, los reporteros Bob Woodward y Carl Bernstein, autores del destape del caso Watergate que produjo la renuncia de Richard Nixon a la presidencia, reconocen que durante la investigación cometieron algunos errores. Por ejemplo, atribuyeron a un testigo, el ex tesorero Hugh Sloan, haber dicho ante la corte que un asesor personal de Nixon, Bob Haldeman, tenía poder de decisión sobre unos fondos para financiar actividades ilegales. Implicar a Haldeman, que se describía a sí mismo como “el hijo de perra del presidente”, era relacionar a Nixon.

 

Los reporteros del diario “The Washington Post” habían logrado enlazar a los cinco espías atrapados en la sede del Partido Demócrata, ubicado en el céntrico edificio Watergate, el 17 de junio de 1972, con notorios personajes de la administración republicana de Nixon. Pero todo lo que habían conseguido con la extraordinaria investigación pareció esfumarse el 25 de octubre de 1972, cuando apareció el artículo de Woodward y Bernstein que atribuía a Haldeman el manejo del dinero sucio. Sloan no había mencionado a Haldeman ante los jueces.

 

Haldeman

Nixon y el “hijo de perra” del presidente, el asesor Bob Haldeman.

 

Todo el aparato periodístico de Nixon, que desde el principio rechazó cualquier implicación del presidente, aprovechó la ocasión para destruir la investigación de Watergate y cargar las tintas sobre la presunta motivación política de los periodistas y del diario. “The Washington Post está haciendo una forma despreciable de periodismo”, dijo el secretario de prensa de Nixon, Ron Ziegler, y lo repitieron todos los medios que nunca habían investigado el caso: “Hemos tenido que soportar una larga serie de reportajes sórdidos. Las tácticas periodísticas usadas en este asunto (Watergate) son miserables y bajas”. Si alguien pregunta a Woodward y Bernstein en qué momento sintieron que la tierra se los tragaba, responderán que el 25 de octubre de 1972. “La debacle provocada por el caso Haldeman fue como ver derrumbarse todo el edificio tan pacientemente levantado piedra a piedra”, escribieron en Todos los hombres del presidente. Parecía el fin.

 

 

Nadie puede imaginarse cómo me sentí. Habíamos escrito más de cincuenta historias sobre el caso Watergate, nos encontrábamos frente a uno de los mayores encubrimientos políticos de la historia y no habíamos cometido ni una sola falta importante… Y ahora esto (el desmentido)”, recordó en sus memorias Ben Bradlee.

 

Woodstein

Carl Bernstein y Bob Woodward en Washington.

 

Los reporteros incluso plantearon al director del diario, Ben Bradlee, renunciar si era necesario para recuperarse del resbalón. Bradlee los mandó al carajo. El yerro dejó en evidencia fallos en el procedimiento de verificación, pero la investigación se mantenía incólume. Así que comenzó a escribir un pronunciamiento público. “¿Qué otra opción me quedaba? Me encontraba en la misma nave que los dos reporteros. Me acuerdo que me senté frente a la máquina y empecé a escribir como unas treinta declaraciones y después acabé por pensar: ¡Que se vayan todos al cuerno! Yo debo estar al lado de mis muchachos”, recordó Bradlee. Woodward y Bernstein continuaron con la investigación, no obstante que Nixon ganó la reelección. Al final las autoridades comprobaron que Haldeman, “el hijo de perra del presidente”, sí tenía control sobre los fondos sucios para el financiamiento de las actividades ilegales, por lo que fue procesado y condenado a prisión.

 

Repudio

Reporteros bajo el fuego de la prensa fujimorista.

 

En una reciente reunión con periodistas estadounidenses hablamos del tema de Watergate y el caso Fujimori. Nixon renunció a la presidencia para evitar el juicio político, y su sucesor, Gerald Ford, usó sus atribuciones constitucionales para perdonarlo, con lo que consiguió salvarlo de la prisión. En cambio, Fujimori fue condenado por actos criminales y de corrupción, en su mayoría revelados por los periodistas de investigación. Los mismos a los que ahora atacan las geishas recicladas del fujimorismo.

Woodward y Bernstein se ganaron el Pulitzer; los peruanos, el respeto, tan valioso como el Pulitzer.

 

YERRO 0

Enviado el Julio 22, 2015 por asuntosinternos

Pareja

 

La confusión en la lectura de la declaración de patrimonio que hizo Keiko Fujimori ante el Jurado Nacional de Elecciones, debido a que consignó cifras en soles en los casilleros donde decía “ahorros en dólares”, motivó que publiquemos una afirmación incorrecta. Es nuestra responsabilidad.

Reconocer públicamente el yerro en el proceso investigativo no afecta la motivación esencial de la indagación: determinar el origen de los ingresos de la candidata fujimorista y de su cónyuge Mark Vito Villanella.

Fujimori replicó por Twitter con una precisión: que en 2011 declaró un patrimonio por 738 mil 464 soles y no por 1 millón 272 mil 385 soles, como publicamos.

Pero no aclaró el origen de los aproximadamente 141 mil 015 dólares que tenía en una cuenta de ahorros y en una cuenta corriente en el Bank of America, de los Estados Unidos, como informó al JNE en 2011. ¿De dónde salió este dinero?

La candidata favorita de las encuestas está obligada a esclarecer el origen de sus fondos en dólares en el Bank of America, especialmente porque el ciudadano peruano promedio no es propietario de cuentas en el extranjero que superan los 141 mil dólares.

La opacidad de las cuentas de la aspirante naranja a la presidencia de la República no es reciente.

En 2003, un informe de dos peritos de la Contraloría asignados a la Corte Suprema de Justicia, estos señalaron que entre 1999 y 2001 Keiko Fujimori registró movimientos bancarios en el Perú y en el extranjero por 500 mil dólares. ¿Qué origen tiene este dinero?

La candidata fujimorista va a necesitar mucho más que los 140 caracteres de un tuit para explicar a las autoridades de dónde provienen los dólares que guarda en el extranjero.

Como era de esperarse, los congresistas fujimoristas aprovecharon del yerro para cuestionar la investigación. No debería sorprender la línea de defensa del fujimorismo, que siempre rechaza cualquier iniciativa para transparentar los fondos de sus allegados. Durante el régimen fujimorista, la bancada coordinada y sistemáticamente se opuso a escrudiñar las cuentas del asesor de Fujimori, Vladimiro Montesinos. Y en marzo pasado, los parlamentarios naranjas de la Comisión de Fiscalización repitieron el mismo acto negándose a aprobar una investigación sobre el patrimonio y los ingresos de Keiko Fujimori y su esposo Villanella.

El yerro nos mortifica, nos enardece, nos exaspera, pero también nos estimula a continuar con una investigación que ha conseguido poner en agenda la pregunta que los peruanos se formulan: ¿De qué viven los esposos Keiko Fujimori y Mark Vito Villanella? La indagación continuará, por supuesto, más profunda, más rigurosa, más decisiva. Así será.

Cocker 0

Enviado el Diciembre 28, 2014 por asuntosinternos

EL HOMBRE QUE CANTABA CON EL CUERPO

Joe Cocker frente al público de Woodstock, 17/08/69

Al hombre que cantaba con el cuerpo le bastaron siete minutos con cuarenta y cuatro segundos para convertirse en una leyenda del rock, un título que ni la misma muerte borrará. Siete minutos con cuarenta segundos, mucho menos tiempo que el que tardarías en terminar de leer esta página. Siete minutos con cuarenta segundos es lo que gastó Joe Cocker en la espectacular interpretación de “With A Little Help From My Friends” ante un público que virtualmente no lo conocía y que al final de la presentación terminó por convertirlo en un ídolo.

 

Cocker simula que toca la guitarra.

Eran las dos de la tarde del domingo 17 de agosto de 1969 cuando Joe Cocker y la Grease Band subieron al entarimado para iniciar el tercer y último día del festival de Woodstock. Joe empezó con “Dear Landlord”, de Bob Dylan. Pero no pudo calentar el ambiente. Cantó otros seis números, y lo cierto es que el entusiasmo de la gente siguió apagado. Recién en la sexta canción, “Let’s Go Get Stoned”, que hizo famosa Ray Charles, la gente sintió algo de electricidad. Parecía que Cocker completaría sin pena ni gloria su faena, hasta que anunció el noveno y último título: el tema de Los Beatles que en Inglaterra en ese momento era sensación. Pero Joe no ofreció la misma versión de estudio de cinco minutos y once segundos que grabó en Londres. Entregó otra de siete minutos con cuarenta y cuatro segundos con la que el hombre que cantaba con el cuerpo hizo historia en el concierto hippie.

Aquí puedes encontrar un excelente video de la interpretación: http://de.musicplayon.com/play?v=283328)

Antes de Woodstock, Cocker ya era una estrella. Para conseguirlo tuvo que besar varias veces el piso, derrotado. De no haber sido cantante y compositor, probablemente habría terminado sus días como jubilado instalador de gas doméstico de Sheffield, donde nació. Pero Cocker era un peleador nato, pertenecía a la clase obrera, era un callejero. “Cuando Joe dejó el colegio a los 16 años, creí que haría una carrera como instalador de gas. Tenía muchos libros sobre el tema, pero también estaba interesado por la música”, relató Marjorie, la madre del cantante, al periódico The Guardian. Sería su hermano Víctor quien definió lo que buscaba Joe, incorporándolo a los grupos de adolescentes que organizaba en la ciudad, como Vance Arnold & the Avengers. Era 1963 cuando Cocker se estrenó como primera voz, y entonces resultó evidente que no era un cantante cualquiera.

Joe Cocker con su madre Marjorie, en los años 70.

Mike Leander, que había trabajado con los Rolling Stones, Van Morrison y Marianne Faithfull, entre otros notables de los 60, lo notó rápidamente y contrató a Cocker para la disquera Decca. El cuatro de septiembre de 1964 se publicó el primer sencillo de Joe. En el lado “A” grabó una canción de Los Beatles, “I’ll Cry Instead”, y en lado “B”, el título “Precious Words”, de Cleophus Robinson. Cocker no pegó, le rescindieron el contrato y regresó al trabajo de instalador de redes de gas doméstico en Sheffield. Cualquier otro pudo haber renunciado por la humillación, pero Joe perseveró en la música. Aunque nunca renegó del empleo que tuvo. “Una de las mejores cosas que me han ocurrido es haber sido instalador de gas doméstico”, le dijo al periódico The DailyMail.

No mucho después, en 1965, el bajista y compositor Chris Stainton lo reclutó para la Grease Band. El productor Denny Cordell, de la disquera Regal Zonophone, famoso por lanzar al estrellato a Procol Harum y The Moody Blues, le interesó a Cocker como solista, así que lo llevó al estudio para grabar un sencillo. En el lado “A” el cantante registró un tema que escribió con Stainton, “Marjorine”, y en lado “B”, la canción “The New Age Of The Lily”, firmado por Joe. Esta vez el instalador de gas logró aparecer en el ranking inglés de grandes éxitos en el puesto número 48. Nada mal para salir del foso. Animado por el resultado, Cordell publicó otro sencillo, el 27 de septiembre de 1968. Era una arrebatada y callejera versión soul de “With A Little Help From My Friends”, en el lado “A”, que Los Beatles lanzaron en 1967, y en lado “B”, registró una composición propia, “Something’s Coming On”. Recién entonces Joe Cocker se convenció que su destino era la música y no la instalación de gas doméstico.

27.09.60 El sencillo que llevó a la fama a Cocker.

 

El 23 de abril de 1969, apareció en Inglaterra el álbum debut de Joe Cocker bautizado con el nombre de la canción que lo llevó al estrellato, With A Little Help From My Friends. El primero de los veintidós títulos que grabaría en estudio en toda su vida. Estaba de gira promocional de la placa en los Estados Unidos cuando recibió la invitación para cantar en el festival de Woodstock. Según confesó en una entrevista publicada por “The Guardian”, el 31 de enero de 2013, el hombre que cantaba con el cuerpo creyó por un momento que no conectaría con el público. “Nos costó casi la mitad del repertorio conectarnos con todos”, explicó. Su estilo de cantar lo imitó John Belushi, incluso una vez ante su presencia, en “Saturday Night Live”, en 1976. Al público le dio un ataque de risa. El hombre que cantaba con el cuerpo era genuino.

Imagen de previsualización de YouTube

La memorable jornada no se repetiría en gran parte debido a los altibajos de la carrera de Cocker derivados del exceso del alcohol y las drogas: “Cuando me convertí en un éxito, yo era un bebedor de cerveza de Sheffield. Luego, ya estaba de gira con Jimi Hendrix y Janis Joplin (muertos por sobredosis), y las drogas estaban disponibles. Una vez que te metes en la espiral de las drogas, es difícil salir. Es un túnel oscuro. Me tomó años conseguirlo”. Abandonar el vicio fue el segundo triunfo de Cocker.

Joe Cocker

Cocker murió de cáncer al pulmón, el 22/12/14.

En una de las últimas declaraciones que dio, le preguntaron por qué agitaba tanto su humanidad al momento de interpretar canciones. Entonces Joe Cocker respondió como si revelara un secreto de por qué era el hombre que cantaba con el cuerpo: “Supongo que se debe a mi frustración de no haber sabido tocar la guitarra o el piano. Mis emociones fluyen a través de mi cuerpo como si fuera un instrumento”. Ese era el secreto.

 

CODA: AMOR POR LOS BEATLES

En su segundo álbum,  Cocker! (1969), el cantante británico grabó dos temas de los Fab Four: “She Came in Through the Bathroom Window”:

Imagen de previsualización de YouTube

y: “Something”:

Imagen de previsualización de YouTube

Para la misma placa originalmente registró “Let It Be”, pero al final los productores descartaron. Cocker siempre la cantaba en vivo, como en la siguiente presentación en 1970:

Imagen de previsualización de YouTube

En el primer disco en vivo que grabó Cocker, Mad Dog & Englismen (1970), cuando se presentó en el famoso escenario de The Fillmore, en San Francisco, incluyó otra excelente versión de “With A Little Help From My Friends”:

Imagen de previsualización de YouTube

Más de veinte años después, en el álbum Night Calls (1991), otra vez interpretó un tema de Los Beatles, “You’ve Got to Hide Your Love Away” (1965):

Imagen de previsualización de YouTube

En Hymn for My Soul (2007), el antepenúltimo álbum de estudio de su vida, Cocker demostró una vez su amor por Los Beatles con la versión de “Come Together”:

Imagen de previsualización de YouTube

 

Bradlee 0

Enviado el Octubre 24, 2014 por asuntosinternos

Bradlee2

Ben Bradlee trabajó 26 años al frente del Washington Post.

 

Ben Bradlee era el director de periódico soñado: leía lo que escribías, buscaba noticias como un reportero más del equipo y bajaba al llano cuando las papas quemaban y se necesitaban cojones. Ahora que ha muerto muchos recuerdan el extraordinario papel que cumplió durante la investigación del caso Watergate. Bradley hizo mucho más.

 

Un verdadero director de diario pasa más tiempo en la redacción que en los salones del poder. Era raro no ver a Bradlee en mangas de camisa. Estaba siempre a la cabeza del ejército de periodistas que emprende la batalla cotidiana de informar sobre los hechos de relevancia pública. Y animaba a todos a destapar los temas que se mantenían ocultos por intereses espurios.

 

 

Bradlee3

Bradlee empezó como reportero en Paris, en 1956.

 

En 1971, “The New York Times”, competidor encarnizado del periódico que dirigía Bradlee, empezó a publicar una serie de reportajes que sacaban a la luz un informe secreto gubernamental sobre los graves errores de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam y que explicaba el fracaso del Pentágono en el conflicto. “The Washington Post no tenía una copia, y nos encontramos en la humillante posición de tener que reescribir lo que publicaba la competencia”, relató Bradley en sus memorias. Era un momento terrible.

 

Sin embargo, Bradlee no se echó a llorar sino que organizó a sus editores y periodistas con la misión de conseguir los llamados “Papeles del Pentágono” para lanzar una versión propia del formidable destape del otro diario. La regla de Bradleee consistía en que si tu competidor tenía una exclusiva, tú tenías que devolver el golpe con otra exclusiva mucho mejor, con un ángulo jamás revelado, aunque fuera del mismo tema.

 

Bradlee se encontraba empeñado en ese esfuerzo cuando el gobierno de Richard Nixon logró que un juez prohibiera a “The New York Times” que continuara con la publicación y advirtió que nadie más lo hiciera bajo pena de un juicio por traición. Sin embargo, el director del “Washington Post” estaba convencido de que el contenido de los “Papeles del Pentágono” era información pública y que por su importancia -millares de estadounidenses habían muerto en Vietnam- debía publicarse. Así que prosiguió con la búsqueda y consiguió que sus reporteros obtuvieran copias de los documentos secretos, y a pesar de la advertencia de Nixon y de los jueces que habían sido alertados sobre lo que preparaba el periódico, Bradlee lanzó los “Papeles del Pentágono”. A Nixon se le presentó la oportunidad para enviarlo a la cárcel por violar la seguridad nacional, pero en lugar de eso, el Tribunal Supremo falló a favor de “The Washington Post” para que difundiera los documentos secretos, lo que también permitió que “The New York Times” continuara haciéndolo.

 

Bradlee4

Bradlee y Katherine Graham celebran el fallo de la Corte Suprema, 1971.

 

Bradlee nunca sacó el cuerpo en los momentos más críticos. Cuando Bob Woodward y Carl Bernstein se equivocaron con una información sobre el caso Watergate – lo que fue usado por Nixon para pisotear la credibilidad del periódico y machacar con que todo era mentira-, el director convocó a los reporteros a una reunión con carácter de urgencia. Como relatan Woodward y Bernstein en Todos los hombres del presidente, se presentaron en la oficina de Bradlee con la convicción de que serían despedidos, luego de recibir una patada en sus respectivos culos. Pero Bradley más bien les ofreció una clase de periodismo. Les dijo que cuando los poderosos son investigados suelen contraatacar aprovechándose de los yerros de los periodistas, como publicar datos sin haberlos verificado exhaustivamente.


“A medida que nos acercábamos más y más a Nixon, yo me volvía más y más precavido. Actuamos con Woodward y Bernstein como si fuéramos sus fiscales, exigiendo que nos repitieran palabra por palabra lo que cada fuente les había dicho en respuesta a qué preguntas. Nada de resúmenes generales, queríamos las palabras exactas”, recordó Bradley en sus memorias. Esa fórmula contribuyó a que Woodward y Bernstein fueran más rigurosos y consiguieran que Nixon terminara por rendirse y renunciar al segundo mandato como presidente de los Estados Unidos, a pesar de haber obtenido una histórica votación.

 

Bradlee5

Bob Woodward, Carl Bernstein y Ben Bradlee en los tiempos de Watergate, en 1973.

 

Como director, Bradlee fue un líder en el sentido clásico de la palabra, capaz de asumir toda la responsabilidad”, escribió la propietaria del “Washington Post”, Katharine Graham, en su autobiografía Una historia personal: “Él estableció la pauta: seguir, seguir, seguir, dar un paso más, no detenerse, perseguir la noticia pese a las acusaciones persistentes y la campaña de intimidación contra nosotros”. Bradlee era el director soñado.

 

La historia del periodismo también tiene páginas de vergüenza, y cuando le tocó el turno a Ben Bradlee, no se metió bajo la cama. El 28 de septiembre de 1980, con el beneplácito y bendición de Bradlee, apareció en primera plana la extraordinaria historia de un niño que se drogaba junto con sus padres. Los problemas empezaron cuando una compañera de redacción de Cooke le dijo a su jefe que sospechaba que todo era un invento. Cuando le llegó la información al director del periódico, este no le dio mucha importancia y la atribuyó a los celos entre periodistas. Pero pronto crecieron rumores y Bradlee no tuvo más remedio que ordenar una investigación. Resultó que todo era falso, de principio a fin. Lo peor de todo era que “The Washington Post” postuló el reportaje al premio Pulitzer y Cooke se lo ganó.

 

Bradlee6

Bradlee prepara la primera plana del “Ashington Post” con el anuncio de la renuncia de Nixon por el caso Watergate.

 

 

No hacía falta ser un genio para caer en los muchos errores que cometimos durante el desarrollo de ‘El mundo de Jimmy’, el reportaje de Cooke, y tampoco hacía falta ser un genio para aprender de la humillación que padecimos”, reconoció Bradlee en sus memorias. Despidió a Cooke, pero el daño estaba hecho. La hidalguía del director del diario consistió en reconocer el yerro y en imponer medidas drásticas para que no se repitiera el caso Cooke.

David Remnick, el notable cronista y editor de la revista “New Yorker”, que trabajó una temporada en el periódico que dirigía Ben Bradlee, lo describió en los siguientes términos: “Bradlee condujo el periódico con la mayor exquisitez e inspiración en los cierres de edición que se conozca en el negocio. Dueño de una mentalidad desprovista de elucubraciones, tenía un talento especial para emitir juicios contundentes y sorprendentes. Cuando llegó el periódico era mediocre, y con el apoyo y el dinero de Katherine Graham, lo hizo grande hasta convertirlo en el único verdadero competidor de The New York Times. Bradlee tenía estándares y principios, pero además muy buenos instintos”.

 

Bradlee1

Carl Bernstein, Ben Bradlee y Bob Woodward, en un reencuentro en 2005 por el reestreno de la película “Todos los hombres del presidente”.

 Precisamente, “The New York Times” al publicar el obituario de Ben Bradlee destacó una de las recomendaciones que hacía con frecuencia a sus periodistas: “Hoy debes hacer el mejor y el más honesto de todos los periódicos, y al día siguiente debes hacer otro mucho mejor que el anterior”. Que el competidor reconozca tus talentos y se rinda ante tu grandeza, es un homenaje inmejorable.

Bradley

La primera plana del Washington Post con la noticia de la muerte del legendario Ben Bradlee.

 



↑ Top