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Archive for Enero, 2016


Anderson 0

Enviado el Enero 20, 2016 por asuntosinternos

 

Jon Lee Anderson durante una cobertura en territorio iraquí.

Jon Lee Anderson durante una cobertura en territorio iraquí.

 

“Si tus fotos no son lo suficientemente buenas”, decía el legendario Robert Capa, “significa que no estabas lo suficientemente cerca”. El mismo criterio deben aplicar los reporteros cuando son asignados a informar sobre el curso de algún acontecimiento, como una audiencia judicial, una inundación o una guerra. Conocerás mejor lo que sucede, mientras más te aproximes a los hechos. Eso significa hablar con la gente. Como lo suele hacer Jon Lee Anderson cada vez que se desplaza por el mundo para contar revoluciones, invasiones y golpes de Estado. Cuando estuvo en Libia durante el violento  derrocamiento dictador Muamar el Gadafi, Anderson ratificó por qué es uno de los grandes reporteros de guerra del momento.

 

A diferencia de los periodistas que prefieren contar el conflicto desde una prudente distancia, o dándole vuelta a los comunicados oficiales de las partes en lucha o a los informes noticiosos de la prensa local,  Anderson incursiona en las zonas de combate, entrevista a los combatientes y recoge datos de las conversaciones que sostiene con los pobladores, que suelen ser los que más conocen sobre lo que sucede. De esta manera el reportero consigue esas increíbles historias que lo caracterizan y que no se encuentran en la mayoría de la prensa.

 

Libro

 

Las grandes historias hay que salir a buscarlas, no caen del cielo, como la siguiente que forma parte de Crónicas de un país que ya no existe (Sextopiso, 2015), el conjunto de reportes que Anderson escribió desde Libia para la revista The New Yorker:

 

El sábado, en Brega, conocí a Osama Ben Sadik, un libio-estadounidense de cuarenta y siete años que había regresado a su país netal desde Martinsville, Virginia, para ayudar a la revolución. Ofrecía sus servicios en el hospital (es bombero voluntario en el condado de Henry). Me contó, lleno de pasión, orgullo y miedo, que su hijo de veintiún años, Muhannad, estudiante de segundo año de Medicina y boy scout que iba a la universidad aquí, en Libia, se había ido a luchar al frente. (…) Ben Sadik me dijo que temía por la seguridad de su hijo, porque era valiente y le había dicho que sentía que la revolución era una causa por la que valía la pena morir.

(…)

En el hospital de Ajdabiya, ayer, me encontré de nuevo con Osama Ben Sadik. Se derrumbó en mis brazos cuando llegaba hasta él, y su cuerpo entero se sacudió mientras lloraba. Muhannad había muerto, luchando no lejos de Brega, el sábado por la mañana. Ben Sadik sollozaba con el dolor inconsolable de un padre. Estaba en el hospital, aguardando el cuerpo que esperaba fuera recuperado –pero sin saberlo a ciencia cierta, porque aquello era ahora territorio de Gadafi-. Si llegaba el cuerpo de Muahannad, me dijo, lo llevaría a la casa de su hermano en Bengasi y lo velaría durante tres días, según la tradición libia. Luego volvería al frente. ‘No voy a dejar que la muerte de Muhannad haya sido en vano’, dijo. ‘No voy a regresar a los Estados Unidos hasta que esto acabe. Ya no me importa nada más.

 

Rebeldes libios durante los combates para derrocar al dictador Muamar Gadafi.

Rebeldes libios durante los combates para derrocar al dictador Muamar Gadafi, en el poder durante 42 años.

 

Así es el periodismo en la guerra. Hablas con alguien que no sabes si mañana seguirá viva. Sea un combatiente o un soldado cualquiera. Una experiencia impactante y sobrecogedora es hablar con los sobrevivientes en los hospitales donde todo huele a muerte:

 

En el hospital del centro de la ciudad había un cargamento de restos humanos. Eran soldados de Gadafi, algunos de ellos muertos a tiros, otros quemados, los miembros ennegrecidos, sus huesos protuberantes emergiendo de un amasijo de carne y ropa de fajina. Los hombres se reunían alrededor para mirar, cubriéndose las narices por el olor, y hacer fotos con sus teléfonos móviles. La mayoría de sus comentarios eran despectivos.

(…)

Había otros cadáveres en el hospital. Unos ocho combatientes de Gadafi yacían en el sueño en una morgue propia, pequeña y separada –los rostros y los cuerpos jóvenes, despedazados a tiros-. Hablé con uno de sus compañeros, que estaba herido y alojado en un cuarto trasero estrechamente vigilado. Su nombre era Mustafa y era de la ciudad-oasis de Sabha, en el sur. Dijo que creía que luchaba contra extremistas drogadictos de Al Qaeda, como Gadafi ha pintado a los revolucionarios una y otra vez. Mustafa afirmó esto sin inmutarse, con una expresión difícil de descifrar. Tenía seis agujeros de bala que empezó a mostrarme, dolorosamente, hasta que le pedí que se detuviera.

 

Las crónicas de Anderson están repletas de escenas de este tipo, además de las no pocas ocasiones en las que pudo haber perdido la vida por aproximarse demasiado a los hechos, así como para verificar las diversas versiones que aparecen en un conflicto porque, ya se sabe, en una guerra siempre la primera víctima es la verdad. Como ocurrió en el caso de la detención y muerte de Gadafi a manos de los rebeldes. Anderson obtuvo una narración genial de uno de los testigos de la hora final del dictador libio:

 

Gadafi capturado en un desagüe, pocos momentos antes de que los rebeldes lo asesinaran.

Gadafi capturado en un desagüe, pocos momentos antes de que los rebeldes lo asesinaran.

 

Más adecuada, quizás, es la versión relatada por el joven comandante de la fuerza de Misurata que halló y mató a Gadafi. En el desagüe (donde encontraron a) el Rey de Reyes se reveló como un anciano herido y confundido, sin siquiera el confort de su gorra beduina para ocultar su calvicie. Sin embargo –observó el comandante, con una suerte de reticente respeto-, hasta el final Gadafi creyó que aún era el presidente de Libia.

 

Solo es posible contar este tipo de historias extraordinarias si estás cerca de los hechos y hablas con la gente. Anderson hace con el periodismo escrito, lo que Robert Capa con la fotografía.

 

Guerriero 0

Enviado el Enero 04, 2016 por asuntosinternos

Guerriero Foto

 

De vez en cuando es saludable que los periodistas reciban una andanada de patadas en el trasero para recordar los rigores de la profesión. Es aproximadamente lo que sentí al terminar con la última página de  Zona de obras (2015), la colección de conferencias, ensayos y columnas de Leila Guerriero, una de las mejores periodistas en español que se ha ganado el título a pulso en más de veinte años de carrera. Acabé adolorido, pero deseaba más y más.

Cualquiera que estudie o ejerza el periodismo debería renunciar de inmediato si no ha leído Los suicidas del fin del mundo (2005), o la colección de crónicas de Guerriero titulada  Frutos extraños (2009) o la antología sus perfiles publicada con el nombre de  Plano americano (2013). La diferencia de estos libros con Zona de obras reside en que en éste Guerriero ofrece lecciones sobre periodismo, aprendidas mirándoles los ojos a los asesinos, metiéndose en la vida de muertos sin reposo o haciéndole un retrato a un gigante que se desmorona. Nada se lo contaron. Ello lo vivió.

Así que seleccioné diez de las lecciones de Guerriero que pondrán en aprietos a más de uno de la profesión que cree que el periodismo es el acto mecánico y cotidiano de informar como un autómata. Felizmente, es mucho más que eso. Aquí van:

 

Guerriero libro

 

SOBRE CÓMO ESCOGER LOS TEMAS

“Escriban sobre lo que les interesa, escriban sobre lo que ignoren, escriban sobre lo que jamás escribirían. No se quejen”.

SOBRE LA INUTILIDAD DE ESCRIBIR BONITO

“Una andanada de sinécdoques, metonimias y metáforas no logrará disimular el hecho de que un periodista no sabe de qué habla, no ha investigado lo suficiente o no encontró un buen punto de partido”.

SOBRE LA TENTACIÓN DE INVENTAR

“Si la pregunta es cuál es el límite entre el periodismo y la ficción, la respuesta es simple: no inventar. (…) Si se confunde escribir bien con hacer ficción, estamos perdidos. (…) Y si le decimos a los lectores que, en ocasiones, es lícito agregar un persona aquí y exagerar un tiroteo allá, también estamos perdidos”.

 

Guerriero Suicidas

 

SOBRE LA PACIENCIA Y LA HUMILDAD

“Para ser periodista hay que ser invisible, tener curiosidad, tener impulsos, tener la fe del pescador –y su paciencia-, y el ascetismo de quien se olvida de sí –de su hambre, de su sed, de sus preocupaciones- para ponerse al servicio de la historia de otro. Vivir en promiscuidad con la inocencia y la sospecha, en pie de guerra con la conmiseración y la piedad. Ser preciso sin ser inflexible y mirar como si se estuviera aprendiendo a ver el mundo. Escribir con la concentración de un monje y la humildad de un aprendiz”.

SOBRE LA MIRADA DEL PERIODISTA

“Todo buen periodista debe ser capaz de entender lo que dijo el piano, pero también de entender cuándo es necesario informar sobre los calcetines del pianista. (…) Si bien es verdad que un periodista debe informar sobre lo que el piano dijo, la diferencia entre un texto anodino y un texto superior reside en la capacidad de ese periodista para entender cuándo es momento de abrir el cuadro y enfocar, además del piano, los calcetines del pianista”.

SOBRE LA ENTREVISTA

“Hacer una entrevista es como torear, pero sin final trágico: tentar al toro y, cuando sale, hacerle honor a ese coraje. Cada uno sabrá cómo lograr esa eficacia, que no es fácil, pero yo estoy más segura con esa cajita noble corazón de pilas cuidándome la espalda”.

 

Guerriero Frutos

 

SOBRE EL USO DE LA GRABADORA

“Y si nunca he visto un grabador apurado, aburrido, ególatra, cínico, inseguro, en cambio he visto esto: he visto periodistas que no miran a sus entrevistados a los ojos que mueven los pies con impaciencia, que se distraen con cosas que pasan en la calle, que preguntan como quien llena un formulario, que interrumpen, que no escuchan, que asienten como muñecos articulados y sonríen como marionetas falsas, que citan cosas que el entrevistado jamás dijo, que citan libros que el entrevistado jamás escribió, que le dicen Alberto a quien se llama Alfredo y que creen que ser cruel es lo mismo que ser inteligente”.

SOBRE LA LIBRETA DE APUNTES

“Yo grabo, pero también lleno libretas con frases que reseñan olores, cosas que se ven en los jardines, cantidad de teléfonos y sillas, cuadros que hay, fotos que no, televisores, formas de los muebles”.

 

Guerriero Plano

 

SOBRE LA AMISTAD CON LOS ENTREVISTADOS

“Porque, una vez que pido una entrevista, me la otorgan y aprieto play-rec, aplico la misma ética que aplico en las cosas de la vida y que me deja en una orilla no necesariamente buena –en absoluto angelical-, pero sí opuesta a la de los pusilánimes, los cobardes, los ingenuos, los corruptos, los crédulos y los delatores. Porque nunca pretendo ser amiga de quienes entrevisto. Porque no escribo para disgustarlos, pero sè que no tengo por qué escribir para que les guste. Y porque no creo que el periodismo sea un oficio de sobones pero, sobre todo, porque sè que el periodismo no es un oficio de canallas”.

 

SOBRE EL ARTE DE LA CRÓNICA

“Yo no tengo corazón para decirle a alguien que, para escribir una crónica, debe encerrarse en un departamento de treinta y seis metros cuadrados en jornadas de dieciséis horas y concentración de monje budista. Pero, en el fondo, todo lo que tengo para decir es eso: que debe encerrarse en un departamento de treinta y seis metros cuadrados en jornadas de dieciséis horas y concentración de monje budista”.

¿Cómo te quedó el trasero, oh, hipócrita colega?



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