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Bradlee

Posted on Octubre 24, 2014 by asuntosinternos

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Ben Bradlee trabajó 26 años al frente del Washington Post.

 

Ben Bradlee era el director de periódico soñado: leía lo que escribías, buscaba noticias como un reportero más del equipo y bajaba al llano cuando las papas quemaban y se necesitaban cojones. Ahora que ha muerto muchos recuerdan el extraordinario papel que cumplió durante la investigación del caso Watergate. Bradley hizo mucho más.

 

Un verdadero director de diario pasa más tiempo en la redacción que en los salones del poder. Era raro no ver a Bradlee en mangas de camisa. Estaba siempre a la cabeza del ejército de periodistas que emprende la batalla cotidiana de informar sobre los hechos de relevancia pública. Y animaba a todos a destapar los temas que se mantenían ocultos por intereses espurios.

 

 

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Bradlee empezó como reportero en Paris, en 1956.

 

En 1971, “The New York Times”, competidor encarnizado del periódico que dirigía Bradlee, empezó a publicar una serie de reportajes que sacaban a la luz un informe secreto gubernamental sobre los graves errores de los Estados Unidos en la guerra de Vietnam y que explicaba el fracaso del Pentágono en el conflicto. “The Washington Post no tenía una copia, y nos encontramos en la humillante posición de tener que reescribir lo que publicaba la competencia”, relató Bradley en sus memorias. Era un momento terrible.

 

Sin embargo, Bradlee no se echó a llorar sino que organizó a sus editores y periodistas con la misión de conseguir los llamados “Papeles del Pentágono” para lanzar una versión propia del formidable destape del otro diario. La regla de Bradleee consistía en que si tu competidor tenía una exclusiva, tú tenías que devolver el golpe con otra exclusiva mucho mejor, con un ángulo jamás revelado, aunque fuera del mismo tema.

 

Bradlee se encontraba empeñado en ese esfuerzo cuando el gobierno de Richard Nixon logró que un juez prohibiera a “The New York Times” que continuara con la publicación y advirtió que nadie más lo hiciera bajo pena de un juicio por traición. Sin embargo, el director del “Washington Post” estaba convencido de que el contenido de los “Papeles del Pentágono” era información pública y que por su importancia -millares de estadounidenses habían muerto en Vietnam- debía publicarse. Así que prosiguió con la búsqueda y consiguió que sus reporteros obtuvieran copias de los documentos secretos, y a pesar de la advertencia de Nixon y de los jueces que habían sido alertados sobre lo que preparaba el periódico, Bradlee lanzó los “Papeles del Pentágono”. A Nixon se le presentó la oportunidad para enviarlo a la cárcel por violar la seguridad nacional, pero en lugar de eso, el Tribunal Supremo falló a favor de “The Washington Post” para que difundiera los documentos secretos, lo que también permitió que “The New York Times” continuara haciéndolo.

 

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Bradlee y Katherine Graham celebran el fallo de la Corte Suprema, 1971.

 

Bradlee nunca sacó el cuerpo en los momentos más críticos. Cuando Bob Woodward y Carl Bernstein se equivocaron con una información sobre el caso Watergate – lo que fue usado por Nixon para pisotear la credibilidad del periódico y machacar con que todo era mentira-, el director convocó a los reporteros a una reunión con carácter de urgencia. Como relatan Woodward y Bernstein en Todos los hombres del presidente, se presentaron en la oficina de Bradlee con la convicción de que serían despedidos, luego de recibir una patada en sus respectivos culos. Pero Bradley más bien les ofreció una clase de periodismo. Les dijo que cuando los poderosos son investigados suelen contraatacar aprovechándose de los yerros de los periodistas, como publicar datos sin haberlos verificado exhaustivamente.


“A medida que nos acercábamos más y más a Nixon, yo me volvía más y más precavido. Actuamos con Woodward y Bernstein como si fuéramos sus fiscales, exigiendo que nos repitieran palabra por palabra lo que cada fuente les había dicho en respuesta a qué preguntas. Nada de resúmenes generales, queríamos las palabras exactas”, recordó Bradley en sus memorias. Esa fórmula contribuyó a que Woodward y Bernstein fueran más rigurosos y consiguieran que Nixon terminara por rendirse y renunciar al segundo mandato como presidente de los Estados Unidos, a pesar de haber obtenido una histórica votación.

 

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Bob Woodward, Carl Bernstein y Ben Bradlee en los tiempos de Watergate, en 1973.

 

Como director, Bradlee fue un líder en el sentido clásico de la palabra, capaz de asumir toda la responsabilidad”, escribió la propietaria del “Washington Post”, Katharine Graham, en su autobiografía Una historia personal: “Él estableció la pauta: seguir, seguir, seguir, dar un paso más, no detenerse, perseguir la noticia pese a las acusaciones persistentes y la campaña de intimidación contra nosotros”. Bradlee era el director soñado.

 

La historia del periodismo también tiene páginas de vergüenza, y cuando le tocó el turno a Ben Bradlee, no se metió bajo la cama. El 28 de septiembre de 1980, con el beneplácito y bendición de Bradlee, apareció en primera plana la extraordinaria historia de un niño que se drogaba junto con sus padres. Los problemas empezaron cuando una compañera de redacción de Cooke le dijo a su jefe que sospechaba que todo era un invento. Cuando le llegó la información al director del periódico, este no le dio mucha importancia y la atribuyó a los celos entre periodistas. Pero pronto crecieron rumores y Bradlee no tuvo más remedio que ordenar una investigación. Resultó que todo era falso, de principio a fin. Lo peor de todo era que “The Washington Post” postuló el reportaje al premio Pulitzer y Cooke se lo ganó.

 

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Bradlee prepara la primera plana del “Ashington Post” con el anuncio de la renuncia de Nixon por el caso Watergate.

 

 

No hacía falta ser un genio para caer en los muchos errores que cometimos durante el desarrollo de ‘El mundo de Jimmy’, el reportaje de Cooke, y tampoco hacía falta ser un genio para aprender de la humillación que padecimos”, reconoció Bradlee en sus memorias. Despidió a Cooke, pero el daño estaba hecho. La hidalguía del director del diario consistió en reconocer el yerro y en imponer medidas drásticas para que no se repitiera el caso Cooke.

David Remnick, el notable cronista y editor de la revista “New Yorker”, que trabajó una temporada en el periódico que dirigía Ben Bradlee, lo describió en los siguientes términos: “Bradlee condujo el periódico con la mayor exquisitez e inspiración en los cierres de edición que se conozca en el negocio. Dueño de una mentalidad desprovista de elucubraciones, tenía un talento especial para emitir juicios contundentes y sorprendentes. Cuando llegó el periódico era mediocre, y con el apoyo y el dinero de Katherine Graham, lo hizo grande hasta convertirlo en el único verdadero competidor de The New York Times. Bradlee tenía estándares y principios, pero además muy buenos instintos”.

 

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Carl Bernstein, Ben Bradlee y Bob Woodward, en un reencuentro en 2005 por el reestreno de la película “Todos los hombres del presidente”.

 Precisamente, “The New York Times” al publicar el obituario de Ben Bradlee destacó una de las recomendaciones que hacía con frecuencia a sus periodistas: “Hoy debes hacer el mejor y el más honesto de todos los periódicos, y al día siguiente debes hacer otro mucho mejor que el anterior”. Que el competidor reconozca tus talentos y se rinda ante tu grandeza, es un homenaje inmejorable.

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La primera plana del Washington Post con la noticia de la muerte del legendario Ben Bradlee.

 

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