LaRepublica.pe no se responsabiliza por los contenidos publicados

Grupo La República

Archive for Noviembre, 2013


GABO 1

Enviado el Noviembre 11, 2013 por asuntosinternos

La primera vez que conoció a ese tipo flaco como un alambre al que todos llamaban “Gabo”, le cayó como una bomba a Plinio Apuleyo Mendoza. Más de sesenta años después de ese encuentro en un café de mala muerte de Bogotá, en una época en la que el tipo flaco como un alambre solo había publicado dos cuentos en el periódico El Espectador, y pasaba la mayor parte del tiempo en burdeles y cantinas, Mendoza es probablemente el mejor amigo de Gabriel García Márquez. A esa amistad inquebrantable le ha dedicado un tercer libro, Gabo: Cartas y recuerdos (2013), que, como lo indica el título, contiene algunas joyas de la correspondencia que han intercambiado los amigos, compadres y cómplices.

La colección de diálogos con García Márquez, El olor de la guayaba (1982), publicado el mismo año en que el colombiano ganó el Premio Nobel, dejaba constancia de que Mendoza era el que conocía las claves de la vida y de la escritura del “Gabo”.

Poco después apareció La llama y el hielo (1984), cinco retratos compuestos por Mendoza, entre los que se encontraba el de Gabriel García Márquez bajo el título de “El caso perdido”, que alude a una corriente de opinión que sentenciaba que “Gabo”, en los primeros años de su carrera, no llegaría a ninguna parte porque era poco menos que un malandrín. “El caso pedido” confirmaba que Plinio Apuleyo Mendoza era sin duda el mejor biógrafo de García Márquez.

Casi tres décadas después, Plinio Apuleyo Mendoza publica una versión más amplia de “El caso pedido” y le agrega una selección de cartas que develan a un Gabriel García Márquez en la intimidad. Con Gabo: Cartas y recuerdos, Mendoza se reivindica con los lectores que le reclamaban sacar a la luz algunas joyas de ese tesoro que es su amistad con “Gabo”, ese tipo delgado como un alambre que le tocaba el culo a la mesera en el bar bogotano donde coincidieron por primera vez.

Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Marquez en los años 60.

Plinio Apuleyo Mendoza y Gabriel García Marquez en los años 60.

Amistad y complicidad

“El García Márquez pobre y aún desconocido (…) es el mismo Gabo que conocí en un café de Bogotá cuando él solo tenía veinte años y yo cuatro o cinco años menos: el mismo que encontré en París en los años cincuenta para vivir como amigos una similar aventura en buhardillas, bares y cafés del Barrio Latino; el mismo que recorrió conmigo los países comunistas (en pos de un sueño siempre frustrado) antes de regresar a América para abrirnos paso como periodistas en Caracas, Bogotá o La Habana. Compartiendo la misma devoción por la literatura, yo veía como le robaba al sueño horas enteras para escribir cuentos o novelas. Me enseñaba siempre sus manuscritos. Es el Gabo desconocido que recordamos sus más cercanos y antiguos amigos”, escribe Mendoza en el prólogo del libro.

Sí, hasta el día de hoy Plinio Apuleyo es uno de los pocos privilegiados testigos no solo de la gestación de los libros del “Gabo” sino también del proceso de escritura de los mismos, como de El otoño del patriarca (1975). En 1963, doce años antes de que García Márquez publicara la novela sobre los sátrapas latinoamericanos, le confió en una carta a Mendoza que terminar el libro era una cuestión de vida o muerte:

“Compadre: La vejez me dará por ser ratón de biblioteca. He acumulado una impresionante cantidad de datos para la novela del dictador y ahora estoy seguro de su biografía no se parecerá a la de ninguno. No hay remedio: será una novela de ciencia ficción, con una especie de coronel Aureliano Buendía en el poder durante 32 años en un país bananero. (…) Para mí es casi un problema moral el hecho de que no deben usarse más palabras de las que exige la acción. (…) En fin, que esto de escribir se vuelve cada día más complicado. Para mí, la novela del dictador se ha convertido en un límite: o me hundo de una vez o doy un salto al otro lado. Con esa convicción la estoy trabajando 10 horas al día”.

Gabo2

Se han publicado muchas biografías de César Vallejo, pero una de las mejores es Itinerario de un hombre (1965), escrita por Juan Espejo Asturrizaga, amigo íntimo del poeta. Espejo, debido a la estrecha relación con Vallejo, desentraña lo que no pudieron los exégetas de Los Heraldos Negros y Trilce. De la misma manera, los misterios de la creación de varios de los títulos de Henry Miller y Lawrence Durrell se pueden descubrir en la correspondencia que entre 1935 y 1980 mantuvieron los autores de Primavera Negra y el Cuarteto de Alejandría.

En la misma línea se ubica el libro de Plinio Apuleyo Mendoza. Una vez que terminó de escribir Cien años de soledad (1967) no la envió a la imprenta hasta que sus amigos no la leyeran y aprobaran. Mendoza era, por supuesto, uno de ellos. El proceso creativo resultó muy apremiante porque el colombiano sufría estrecheces y angustias. Y estaba bajo amenaza. Si la novela no pegaba, su esposa lo dejaría. Eso es lo que le relató a Mendoza el 27 de junio de 1966:

“Compadre: Vivo de mis reservas hasta terminar la novela. En dos semanas estará terminado el impresionante mamotreto de 800 páginas. (…) Ha sido una locura. Escribo desde las nueve de la mañana hasta las cuatro de la tarde; almuerzo, duermo una hora, y corrijo los capítulos del principio, a veces hasta las dos y tres de la madrugada. Nunca me he sentido mejor: todo me sale a torrentes. Así desde que regresé de Colombia, No he salido a ninguna parte: Mercedes aguanta como un hombre, pero dice que si luego la novela no funciona me manda a la mierda”.

Fama y necesidad

Gabo y Plinio Apuleyo en los 70.

Gabo y Plinio Apuleyo en los 70.

Concluido el libro, para García Márquez era trascendental la opinión de los amigos. Después de que Mendoza se la dio, “Gabo” le escribió el 17 de marzo de 1967:

“Compadre: Esta noche, después de leer tu carta, voy a dormir tranquilo. El problema con Cien años de soledad no era escribirla, sino tener que pasar el trago amargo de que la lean los amigos que a uno le interesan. Ya faltan pocos, afortunadamente, y las reacciones han sido mucho más favorables de lo que yo me esperaba. (…) No creas que esta tensión no tiene consecuencias. Hace dos días, manejando por el periférico, solo, se me paró el corazón. Alcancé el carril de baja velocidad, y hasta tuve tiempo de pensar que aquella era una manera bastante pendeja de morirse, pero salí adelante con el corazón dando saltos como un sapo loco. Después de dos días de toda clase de manoseos médicos, me han dicho que es solo una arritmia nerviosa. Debe ser cierto, porque esta tarde, cuando leí tu carta, se me normalizó el ritmo cardíaco”.

Mendoza inserta cartas en las que se constata que el efecto de la fama agobió a “Gabo” al punto que se convirtió en una amenaza para su carrera luego del impacto de Cien años de soledad. Mientras que para otros la fama terminó convirtiéndose en una forma de vida, para García Márquez representaba la liquidación de la creatividad. Con esa convicción retomó el libro que se le ocurrió en 1958. Tuvo que hacerlo todo de nuevo. De haber sido atrapado por la fama, no habría trabajado como un obrero de la literatura. El 22 de mayo, “Gabo” escribió a Mendoza:

“Compadre: Como comprenderás, apenas si me queda tiempo para otra cosa. Esto ha sido agravado por mi decisión de cambiar por completo el enfoque de la novela del dictador, que estaba agarrada por donde no era”.

En otra carta, añadió:

“El Patriarca, ahora sí, va como cañón. Sale solo, y estoy tan alegre y tan sorprendido, que he suspendido las vacaciones de Semana Santa, y estoy dispuesto a suspender también las de verano, solo por no cortar el chorro. Si no se me van los ángeles que ahora revolotean por el cuarto, estoy seguro de que en el curso de este año tendré el borrador completo”.

La verdad es que se tomó unos años más. Recién publicó la novela en 1975. Cada libro era una sacada de vuelta a la fama. Nada más cierto. “Me estorba. La fama me intimida, y la consagración se parece mucho a la muerte”, le dijo Gabriel García Márquez a Plinio Apuleyo Mendoza, a quien conoció cuando era un tipo delgado como un alambre y al que todos llamaban “Gabo”.



↑ Top